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Carta #1

10 junio, 2013

Por: Andrés Cardona

Aquel recuerdo, tan trágico como desconsolador, me acompaña muy pocas veces. El dolor que produjo en mí la entrada de las balas, el ardor que causaron las innumerables quemaduras, pero sobre todo, el sabor a sal, mezclado con esa horrenda sensación de no poder respirar, rondan en mi mente en tan escasas ocasiones que, en esta actualidad nublada que vivo, ya no puedo estar seguro de que sean recuerdos. A lo mejor, no son más que simples imaginaciones que mi subconsciente crea para confundirme. Sí, eso es. Es aterrador lo que son capaces de hacer, fíjese cómo entrenaron mi lado no consciente para, por medio de recuerdos instalados o probables imaginaciones, confundirme a tal punto, que esas emociones horribles que me despiertan durante las noches más frías, ya ni siquiera son muestras empíricas de mi existencia.

Sabrá usted disculpar mi falta de tacto, Señor Márquez. Sé que esta no es la forma debida para presentarle mis saludos en el comienzo de una carta. Por esa razón, empiezo de nuevo.

Estimado Señor Márquez, tenga usted un momento de júbilo mientras recibe y lee este pequeño documento. Mi único motivo para comunicarme con usted no es otro que esas ganas terribles de desahogarme con alguien, y ¿quién mejor que el hombre que preside esta institución?

De nuevo, Señor Márquez, disfrute usted de su lectura, mientras respira ese aroma suave y cobijador que solo puede ofrecer la libertad. Yo, por mi parte, recuerdo, con una que otra lágrima en mis ojos, esos momentos de gozo que me acompañaron durante mi servicio en la marina. No alcanza usted a imaginar lo que significa dormirse oyendo el ronroneo de las máquinas luchando contra la corriente. Ese choque de poderes, tanto el empuje del agua, representado en olas de inconmensurable fuerza y tamaño, como la delicadeza con que el aluminio se abría paso, silencioso y letal, hasta llegar a su destino; era el mejor arrullo que, créalo usted, Señor Márquez, alguien pueda siquiera imaginar. Y es que nuestro andar por el mar, o nuestro navegar más bien, para no herir susceptibilidades; nos daba siempre ese sentimiento o presentimiento de imbatibilidad, y es que ¿quién nos puede vencer, si somos el gobierno perfecto, que siempre hace todo bien? Claro que eso a usted, Señor Márquez, no tiene por qué interesarle y mucho menos preocuparle. Puede estar usted tranquilo de que este monumento al concreto y al encierro que usted edificó, permanecerá por siempre, sin importar las decisiones gubernamentales.  No obstante, el fatídico hecho de encontrarme encerrado en este lugar, nunca me ha desvelado. Acá no me pueden disparar, no hay compartimientos propicios a estallar ni, mucho menos, un mar de aguas saladas que me pueda privar de mis suspiros característicos. Claro que eso, Señor Márquez, tampoco tiene que ver con sus asuntos.

Ahora bien, pasando al tema que en realidad nos concierne, quiero expresarle un par de quejas con respecto al trato que se recibe aquí adentro, y lo que según mi juicio, son experimentos inhumanos que no tienen ninguna razón de ser, Señor Márquez. Leer más…

‘Chofereando’ un país

27 mayo, 2013

Por: Juan Pablo López

¿Pueden las declaraciones desafortunadas de un presidente afectar la imagen de todo un país y de incluso el continente? ¿Puede un hombre sin academia o episteme efectiva empírica manejar una nación? Los hechos en el actual gobierno venezolano revelan que no, y dejan a más de uno con ganas de ver cómo es que la fórmula cristiana – socialista se las arreglará para acabar con las problemáticas sociales, políticas y económicas que tiene Venezuela, ahora en manos de Nicolás (in)Maduro Moros en conjugación con el neo movimiento de izquierda que hizo famoso y enalteció el difunto demagogo y opositor del imperio: “Mico-Mandante Chávez”.

Hugo Rafael supuestamente murió el pasado 5 de marzo de 2013 por complicaciones en quién sabe qué órgano porque la opinión pública siempre estuvo más desinformada que informada al respecto por las constantes imprecisiones adrede de nuestro personajillo célebre del día de hoy. Antes de morir dejó dicho al pueblo venezolano que como heredero al trono chavista debía ser elegido Nicolás Maduro, el “hijo de Chávez”, quien no perdió tiempo para acelerar las elecciones a sabiendas (digo yo) de que más tiempo en campaña y sus estupideces le hubiesen hecho perder la dormida en el Palacio de Miraflores por los próximos años.

No hace falta escribir en el motor de búsqueda más potente “Nicolás Maduro” para que arroje resultados del tipo de “Sabemos que nuestro comandante está frente a Cristo. Alguna cosa influyó para que se convoque a un papa sudamericano, alguna mano nueva llegó y Cristo dijo: ‘llegó la hora de América del Sur’. Así nos parece”, o qué tal una igualitaria como esta “Si yo fuera homosexual, lo asumiría con orgullo a los cuatro vientos, y amaría a quien me tocara amar con el corazón, sin problemas”. Claro que uno puede ahondar más en la búsqueda y encontrar resultados más relevantes o serios, pero el hecho es que esos son y de seguro seguirán siendo los asuntos que acapararán la atención del mundo entero. Y mientras el ex judío dice cuanta desfachatez se lo ocurre, yo me pregunto ¿Qué pasa con la política interna de fondo? ¿Dónde está el análisis en profundidad, para una salvación de la futura crisis económica que se le viene a los ‘chamos’? ¿Qué países seguirán recibiendo dividendos de los “petrodólares” del gobierno del extinto comandante-presidente? ¿Cambiarán las relaciones de lagartería eufemizada en diplomacia con América Latina o los países que comparten su ideología socialista, antiimperialista y de integración?

Lastimosamente este texto deja más interrogantes que dudas resueltas. Quisiera yo dar respuestas pero parece que así seguirá siendo la política y comunicación en el país vecino, hermética, especulativa. Son entonces muchas preguntas a las cuales no se les dará respuesta, al menos no a través de los medios que en su gran mayoría, prefieren estar detrás de la próxima embarrada del ‘chofer’ que de lo realmente trascendente. Y es que de alguna forma se entiende y se les ‘perdona’. Sería imposible aguantarse titular en primera página declaraciones de semejante talante: “De repente entró un pajarito, chiquitico, y me dio tres vueltas acá arriba. Silbó un ratico, me dio una vuelta y se fue. Yo sentí el espíritu de él, dándonos la bendición y diciéndonos que hoy arranca la batalla”. Es preocupante como la opinión pública y prensa internacional están relegando los temas importantes, creando implícitamente una especie de amnesia colectiva en el público que no está siendo consciente de los problemas que se le vienen río abajo del Orinoco y que incluso pueden afectar seriamente a otros países latinoamericanos. Aunque no es una constante, en la web también se pueden encontrar buenos análisis, como el que se publicó hace algunos meses en la versión virtual del diario español El País, escrito por el ex – presidente de Bolivia, historiador y periodista, Carlos D. Mesa Gisbert, donde pone en contexto la situación de Venezuela y augura un posible escenario post-Chávez no muy alentador. Sin embargo, el marisma de artículos entre noticias, opinión y análisis sin bases, información, ni argumentos objetivos es abismal; hecho que habla mal de la prensa, pero que de alguna forma se comprende por la coherencia de la actual administración venezolana que si a la fecha ha visto la mano amiga de Raúl mimetizando a Fidel, pues ha sido para mal.

Las percepciones en general están tan divididas como el mismo País. Opiniones totalmente politizadas y polarizadas, que en teoría no están mal, pero que no permiten vislumbrar el panorama actual y real, a tal punto que quizá un extranjero que no esté al tanto de la situación venezolana, podría llegar a confundirse considerablemente. ¿Dónde queda la confianza de inversionistas que quizá quieren apostarle a Venezuela cuando se encuentran con lo que hay en la prensa actualmente Siento que Venezuela está perdiendo por todos los flancos? Pareciera que tanto el que decide involucrarse como el que lo deja de hacer con el país vecino, también pierde con cara o con sello. Situación que me lleva a pensar e imaginarme los lamentos internos y la hipocresía que les toca fingir a otros mandatarios cuando se reúnen con el ex – bajista de la banda ‘Enigma’ (Sí, también desarrollaba la labor más subvalorada en una banda de rock). Leer más…

Apología a la lentitud

8 mayo, 2013

Esta vez no hay introducción, simplemente, es un texto hermoso.

Por: Juan Diego Loaiza

Cada vez siento con mayor urgencia la necesidad de tomar a la gente que conozco, y a la que no, ya sea por la ropa, en su defecto, por el pelo, y obligarlos a bajar la velocidad. Por alguna razón siento que la vida se me escurre entre las manos; siento los días más cortos, los años como semanas y el reflejo del espejo me devuelve la mirada de un adolescente que no sabe cuándo se volvió adulto, y la del adulto que teme la llegada silenciosa de la ancianidad sin aviso alguno.

Hace poco, dando una clase, le hablaba a mis alumnos sobre la sensación que tenía en la infancia del paso del tiempo; se que solo fueron percepciones infantiles, quizás por lo aburridor del colegio donde estudié, quizás por la ausencia de la tecnología que hoy tenemos en todas partes, de la lentitud con la que pasaban los años. Recuerdo que las vacaciones de junio eran tan largas que a uno le daban ganas de volver a estudiar. Recuerdo los primeros amores en lo que se tardaba un montón en poder conseguir un beso, y ni que hablar para poder tocar una “tetica”. Recuerdo el disfrute mismo del ocio en la lentitud.

Digo esto porque, de una u otra manera, ese concepto esta devaluado, transgredido, malinterpretado, condenado a los anaqueles de lo antiguo o incluso del insulto; nadie quiere el internet más lento, el carro más lento, o ser el más “lento”. Ahora todo está condicionado por velocidades que se salen del parámetro de lo humano; se nos exige movernos a un ritmo que nos obliga llegar a una meta sin poder contemplar el paisaje, que nos impide detenernos para observar lo que sucede: comer una hamburguesa desabrida con rapidez y desocupar el puesto; hacer visitas sin sentarse; hacer el amor con los pantalones en las rodillas.

A quien lea esto le pregunto: ¿Hace cuánto tiempo no se ha detenido en la mitad de la calle a mirar la luna? ¿Hace cuánto no ha caminado, despacio, bajo la lluvia? ¿Hace cuánto no ha dedicado una tarde entera a recorrer con los dedos, con la luz del sol en decadencia, la espalda de la persona que ama sin pensar en nada más que en esa llanura de piel tibia?

No soy tan ingenuo como para renegar de las ventajas del progreso, pero quiero dejar en claro que la velocidad no es un bien en sí mismo, sino simplemente una consecuencia de un movimiento involuntario del hombre. Quiero dejar en claro que soy un agente de la lentitud, del disfrute y la contemplación; de la pausa y el ocio, del masticar despacio y tomarse una cerveza en medio día de trabajo; de salirse de clase para conversar con el del aseo y para el balón en la mitad de la cancha, como el pibe Valderrama, y bajarle el ritmo al partido (no todos somos Messi, ni el fútbol es tan rápido).

Milán Kundera lo dijo alguna vez: la velocidad conduce al olvido. En verdad espero llegar al final de mis días y tener algo que recordar.

La alegría

23 abril, 2013

Dinhos

Por: Juan Pablo López

En una tarde de 1995 llamaron a la “alegría”, al “dientón” lo convocaron para que jugara en las divisiones menores del Gremio. Solo dos años después, estaba firmando su primer contrato como profesional en el equipo de Porto Alegre.

Decía entonces que había llegado la “alegría”. Mentí. Ronaldinho Gaucho fue el que le hizo un llamado de emergencia al fútbol mundial, recordándonos que éste se jugaba con la pelota, domándola, acariciándola como a nadie, ridiculizando al rival, pero siempre con ella, con la “redonda”.

Nació célebremente en Porto Alegre, tuvo su adolescencia en el París Saint Germain, pero maduró rotundamente en el equipo Blaugrana. Allí enalteció su personalidad, la cual hacía expresa en el terreno de juego. No existió un partido en el que su sonrisa no sé robara un par de planos que en realidad le correspondían a sus insolencias con el balón.

A la “Verde amarella” también llevó la infección de la diversión con la “bocha”. En el 2002 fue campeón del mundo en Corea y Japón, y previamente ya había sido un hito en las categorías juveniles.

17 de noviembre del 2005, noche memorable en la que el Bernabeu aplaudió a Ronaldinho. Así fue, la máxima forma del brasileño llegó esa noche en la que los hinchas de su rival acérrimo, el Real Madrid, se levantaron de sus asientos después del segundo gol para aplaudir alegría, para aceptar con aparente utópica humildad, al fenómeno que tenían en frente, al mago de la “espaldinha” y la versión mejorada de la “elástica” de Garrincha.

Ese mismo año (2005) ganó la máxima distinción futbolística: El Balón de oro. Después del 2006 bajó un poco su forma pero esa es otra historia que no viene a lugar, porque Ronaldinho fue más que momentos, fue más que todos los títulos que ganó y seguirá ganando por un par de años más. Él es el anticristo de los catenachos, el que te rompe cualquier esquema, la negación de la táctica. “Dinho”, como lo llaman de cariño, es la piedra angular de lo que siempre debió ser el fútbol.

Solo basta con googlear su nombre para ver los miles de videos editados con sus jugadas, con sus gambetas, con su penetración sutil a la red. Un control de la pelota exquisita, visión del juego milimétrica, siendo coherente con el “10” que siempre portó en su espalda. Rara vez ese número le quedó grande, pero como bien decía, fue más que un jugador que le aportó a los equipos en los que militó, él sin duda alguna, le hizo un aporte invaluable a los que amamos correr tras un balón; patrimonio histórico de la humanidad, vos “dientón risueño”.

Yo no quiero pasar por insolente. Mucho fútbol me ha faltado ver en la vida, pero siempre he dicho algo, y es que Ronaldinho quizá no esté cerca de entrar en un top tres de los mejores de todos los tiempos, pero sin duda alguna, Ronaldo De Assis Moreira es el jugador qué más alegría le dio al fútbol en su historia.

Twitter: iHedonismo

Gracias por tanto “dientón”, y perdona tan diezmado alavo que se te hace.

La insoportable levedad del ser religioso

31 marzo, 2013

Hedonismo en párrafos es un blog que se preocupa mucho por la responsabilidad social, y esta vez quisimos brindarles una lectura pertinente para estas fechas santas. Tan solo esperamos que no tengan una resu-erección al desglosar los párrafos que leerán a continuación, a cargo de un docente que de ahora en adelante enaltecerá esta romántica publicación esporádica.

Por: Juan Diego Loaiza

No me considero un hombre particularmente creyente. Siempre he creído que  la fe es un asunto individual, en el que cada quien expresa su sentimiento para sí mismo, sin la necesidad de seguir ningún tipo de dogma que lo ate a comportamientos definidos. La idea del pecado me parece absurda, y toda la parafernalia que adorna la Iglesia la he entendido como adornos de oropel en una corona de lata.

No recuerdo la última vez que un sermón en alguna misa logro conmoverme; a las que he ido (casi siempre por obligación) solo he escuchado las mismas palabra, los mismos lugares comunes que usan los sacerdotes para mantener algún tipo de interés en su feligresía: metáforas gastadas sobre la muerte y la resurrección, imágenes confusas sobre el Cristo histórico y el dios eternamente caritativo, chistes flojos, y una absoluta ausencia de sentido común. Lo curioso de todo el asunto es que, como todo, el proyecto del cristianismo está tomando el rumbo que, quizás sin saberlo, el propio Darwin predijo: la evolución como adaptación a un entorno.

Hace poco, hablando con un sacerdote, me decía que la Iglesia estaba impelida a adaptarse a los tiempos modernos, cambiando su forma sin alterar el trasfondo. Me hablaba del nuevo individuo contemporáneo y de las nuevas maneras de la fe; de las necesidades básicas de la espiritualidad, y de cómo era obligatorio que la institución religiosa se vistiera con ropas nuevas.

Por eso me pareció tan divertido estar caminando el fin de semana pasado por un centro comercial y encontrarme, en medio de almacenes y restaurantes, una cantidad de gente oyendo la misa dominical. Estuve un buen rato observando y tratando de oír (la voz del sacerdote se confundía con un conjunto que tocaba rock en español en otra ala del centro comercial), y entendí, con lujo de detalles, lo que el cura me había dicho el otro día. Vi a una congregación de fieles blanditos escuchar las palabras de su salvador mientras miraban de reojo el valor de los tenis que iban a comprar después de la comunión; vi a unas señoras muy puestas y dignas estar perfectamente sintonizadas con la homilía mientras la retransmitían, punto por punto, por su teléfono celular (quizás por Twitter o WhatsApp, no alcance a ver la aplicación); vi a los hombres más piadosos de Medellín bajar su cabeza contritos y arrepentidos para verle de una mejor manera el culo a la señorita del frente que fue a la santa misa con unos pantaloncitos cortos y deliciosos; vi a los niños más hermosos de la tierra aprender a ser mejores cristianos correteándose entre las macetas de flores artificiales comiendo dulces y gritando, y a sus madres dichosas y complacidas, observarlos mientras conversaban sobre sus reales problemas humanos: cómo hacer para bajar de peso, la dificultad para conseguir una buena señora del servicio, y el lugar de las vacaciones de semana santa.

Fue un espectáculo hermoso y conmovedor. Creo que no me había divertido así en mucho tiempo. Cuando era pequeño la misa estaba mediada solo por el temor de faltar y el tedio de asistir, matizado por el olor del barniz de las bancas y el tono monocorde del cura mientras hablaba, que mas incitaba al sueño que a la reflexión. Hoy la misa tiene el olor dulce de las crispetas, mujeres hermosas, vitrinas de cristal, y un redentor que se viste de Converse y Lacoste.

Fumata blaugrana

12 marzo, 2013

Por: Juan Pablo López

Estaba un poco impaciente. Había perdido todo el sentido de la concentración viendo “Un perro andaluz” en el salón 507 del bloque #7 (clase de imagen). Pasaban de largo las 2 y 30 de la tarde, la señal del smartphone que no entraba ni con antena satelital y ese detalle solo me desesperó un poco más hasta que de ipso facto escuché un grito de euforia colectiva que venía desde el “Comfama” de la Universidad Pontificia Bolivariana. Sentí tristeza.

La razón del grito desmedido había sido el gol “Messianico” del rosarino al minuto 4’ del partido, pero ese detalle no fue precisamente lo que me causó congoja. En realidad el motivo de mi desasosiego era por el hecho de que festejaron con jolgorio un gol que no les pertenece.

Si decía que estaba impaciente era porque quería disfrutar un buen partido, quería ver fútbol en su expresión superlativa. Quizá había elegido un bando pero fue por un principio nacionalista; yo sí quería ver al “Negro” Zapata salir triunfante del Camp Nou. Pero volvamos al tema central. Pasaron 15’ minutos y por fin me liberaron de esa tortura que habían creado mis ansias en el aula.  Salí en ese paso intermedio entre caminar y trotar, presioné el contaminado botón del ascensor y cuando se abrió, se catalizó mi desconsuelo por cuestiones de marketing: Dos de los tres hombres que militaban el ascensor en ese momento, portaban la casaca del Barcelona, o del “Barça”, como seguro le deben decir ellos.

Salí corriendo del elevador como cual niña preocupada porque la van a ultrajar. Me ubiqué maltrecho en una silla y ya veía cómo el muchacho de Padilla, Cauca contenía los esfuerzos del ataque catalán, pero pronto llegó otra pincelada de la versión no mundialista de Messí, es decir, la iluminada, y concretó el segundo. Se desató en mí un odio incontrolable al ver el júbilo malgastado de tantos vende patrias que ni se enteran cuando Colombia gana algo importante en cualquier otro deporte.

En el entre tiempo todo volvió a la normalidad, como debió ser siempre. Calma, e “intelectualidad” por 15’ minutos, pero de nuevo se fueron a la mierda cuando a los 9’ minutos del complemento a David Villa le dio por sacar un zurdazo endemoniado al palo derecho del calvo Abbiati. Otra vez la emoción injustificable, y todo pintaba para goleada y remontada memorable. Quise distenderme un poco mirando lo que se decía en las redes sociales pero eso solo agravó la situación. Ahí es donde los aduladores sin argumentos pululan por doquier, todos volvieron a ser hinchas del Barcelona inexplicablemente e incluso el oportunista diario Olé, aprovechó para adelantar su portada del día siguiente en dónde titulaban con “sensación” una cita de Messi indagando: “¿Quién dijo que estoy triste?”.

Dominio total del Barcelona, un total de 696 pases de los cuales 610 fueron con éxito, adjudicándose un 88% de efectividad, tesis del cuarto tanto al minuto 91’ de un hombre de La Masía, Jordi Alba. Y de nuevo el explayamiento de los empalagosos hacía presencia, haciéndome sentir que hoy no había perdido el Milán, sino la patria. Me fui un poquito indignado y afligido a clase (30’ minutos tarde), pero las estadísticas y la fina coquetería futbolística me hicieron concluir que también es, y fue justo decir, que en el Vaticano se equivocaron al echar al aire la fumata negra; hoy martes 12 de marzo del 2013, la fumata, sin duda alguna, fue blaugrana.

Una vez más

12 marzo, 2013

Por: Juan Pablo López

Una vez más escribiendo. Una vez más malgastando párrafos intrascendentes para la gran mayoría, para las masas; pero merece la pena. Hace algunas días, entrada la noche en un típico desvelo musical, tuve una especie de epifanía existencialista. Me la produjo un track que quizá sea el que me engranó el cerebro hace unos 8 años: El loop progresivo hermoso de Daft punk - One More time; imposible que no les suene familiar. Si no la conocen háganle un favor al mundo y mátense. Perdón. El asunto es que mientras malgastaba los minutos del “crepúsculo”, pensé por qué después de tanto tiempo ese tema me seguía erizando la piel, sabiendo que es un loop “básico” de 8 bars que le sonará monótono a cualquier maleducado auditivo. Partí de la premisa a la negación de las rutinas como cómplices en la infelicidad del ser humano, y de inmediato me hizo arrojar una tesis muy clara. Coartada de vida.

La gran mayoría de asuntos en la vida tienen una fecha de caducidad, fechas de vencimiento que incluso prescriben antes de que comencemos a realizar dichos asunto que por lo general odiamos. Todas esas acciones nos cansan, incluso alguna que en un principio nos gusta, tarde que temprano nos termina aburriendo al caer en la inevitable y tormentosa rutina. Sí, a todos nos pasa. Llegamos a un punto en que las decepciones atacan por todos los flancos como cual “Blitzkrieg” Nazi y sentimos que son pocas cosas en la vida las que de verdad nos causan regocijo y felicidad absoluta -o por lo menos eso es lo que me pasa a mí-.

Fue cuando llegué a la inminente conclusión de que las mejores cosas de la vida son las que a pesar de su ejecución, una y otra vez, no vemos la hora de que inmediato vuelvan a suceder: Comer, ver buen cine no comercial; escribir en el momento que fluye, que te adulen; escuchar música muy duro, enamorarse; jugar con un animal bebé, reír; encontrarse plata en los bolsillos, bañarse en determinados momentos; ganarse cualquier cosa y hacer el amor, o en su defecto, “follar” duro.

Todas las anteriores creo que son casi todas las cosas que más me gustan. Yo sé, soy un egoísta digno, pero el asunto importante es que yo asimilo que algo me gusta demasiado cuando no me canso de hacerlo. Uno sabe que está enamorado cuando después de haber pasado todo el día con una persona, uno llega a la casa y de inmediato le vuelven a dar ganas de seguir estando con esa persona. Pasa lo mismo con una canción, con un beso, con un una película, o incluso hasta con la religión. La tesis es entonces que cuando la rutina no afecta una acción, estamos ante algo que puede ser lo que nos salve un día que ya fue una mierda. Así que luchen por esa monotonía sublime que los impulsa siempre a querer más, y no importa que ya lo hayan hecho, pues tienen derecho a ser felices… una vez más.

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