Relatos de Boris Grossman (Part. 1)

death-on-the-runway

Por: Juan Pablo López

(Advierto que estos párrafos no son una narración semilla para un guión cinematográfico, es un trabajo para la materia periodismo 4 (UPB)... juzguen ustedes).

Asumiendo errores en la manufactura y posterior desacierto en la organización facial de Boris Grossman, un Dios misericordioso decidió darle la facultad de elegir un don especial, a cambio de otra cualidad elegida por ese Dios. Ha! y el pago del diezmo por la eternidad de su vida.

Este don singular que eligió el joven Grossman, fue concebido para finiquitar con una larga adolescencia llena de desaciertos amorosos, todo gracias a ese Dios que le asignó una cara “forúnculada” y un poco desorganizada. El don que eligió Boris Grossman fue el de saber –en sus adentros y por ciertas señales que revelaré más adelante- cuándo una mujer accedería a tener algo con él, de cualquier forma, en cualquier lugar y en todo caso hipotético que se planteara.

Por otro lado, la condición de ese Dios –a parte de pagar el diezmo por el resto de su “impoluta” vida- fue darle un mal, un don desastroso que ningún ser humano quisiera tener: sólo decir la verdad -no ser capaz de mentir-.

Boris Grossman es un adolescente común y corriente. Es de los que ve televisión hasta tarde los fines de semana y de los que se encierran en el baño largo tiempo por razones aún no establecidas; es sagaz intelectualmente, mas no en los campos de arcos y flechas, por eso debo decir que nunca contó con la fortuna de ser el acreedor de esos tiros al aire que ejecuta cupido con frecuencia.

Ese detalle nunca lo atormentó, existía el Internet. Ahí podía suplir y satisfacer cada una de las necesidades que iban surgiendo en el duro transcurso de su pubertad, hasta que surgió una situación, una problemática mundial –quizá se la podemos atribuir a la globalización- y fue que las nenas contemporáneas lo dan[1] sin tener que estar en una relación afectiva “seria” y estable.

El dato no cayó del todo bien, y mucho menos cuando sus compañeras de décimo grado  inauguraron conversaciones sexuales en los recreos. Estaba desesperado, necesitaba vivir la experiencia del coito, porque sino sus oportunidades sociales se reducirían aún más; tendría menos amigos en Facebook, menos followers en Twitter y reducidas visitas en su canal de Youtube.

Fue entonces cuando ese Dios decidió obrar oportunamente en la vida del joven Boris y le retribuyó el hecho de ser un increpante visual para la sociedad con el don de saber si una mujer estaría dispuesta a tener algo con él, o si por lo menos dicha fémina gustaba -así fuera solamente por su interior- del mancebo con tendencias hipsters. ¡Ha!… y también con el adefesio de no poder mentir.

En un amanecer corriente, Boris se levantaba de un sueño no mojado pero si ahumado. No sabía con certeza si lo que vivió la noche anterior había sido una pesadilla, un hecho extraordinario -pero real-, o si simplemente le cayó mal la marihuana que se había fumado. El caso fue que la mejor forma de comprobarlo, era poniendo en práctica sus nuevas habilidades.

Antes de proseguir, debo pedirles excusas. Olvidé mencionar como Boris Grossman se daría cuenta si una mujer gustaba de él. Pues sencillo, como un ser humano no tiene la capacidad de leer otras mentes, el método sería más ilustrativo; y era que si una mujer llegase a acomodar ligeramente su sostén -ojo sólo su sotén- una vez tuvieran contacto visual directo, esa hembra estaría dispuesta a caer en las fauces vírgenes del puberto… Continúo.

Era de madrugada como mencioné anteriormente. Tenía que hacer ensayo de sus nuevas facultades y su señora madre fue el desafortunado conejillo de indias cuando se encontraron camino al desayuno.

-Buenos días mi calabacita, ¿cómo amaneces? –Indagó una mamá amorosa-

-Mal vieja, y estás re-gorda boluda –acotó involuntariamente el joven Boris-

El gracioso don que ese Dios le regaló, obró primero –menos mal para Boris, pues hubiese sido muy regular un complejo de Edipo a su edad- y se le otorgó un castigo ejemplar por decirle una verdad innegable a su resentida madre. Pero ese no era el problema, antes era un alivio quedarse en casa encerrado porque en realidad no sabía como lidiar con sus dos nuevas “graciecitas” divinas.

Sudor. Desespero. Angustia. Preocupación. Locura. Calambres. Malestar. Ansiedad… eso era lo que sentía y pasaba por la mente y cuerpo de Boris Grossman al considerar que ya estaba camino a su colegio porque la idea de encontrarse con alguna nena le producía pavor, de manera que fue evitando tener contacto visual con cualquier mujer en el recorrido a pie hacia el instituto académico.

Al parecer lo iba a lograr. Estaba a pocos metros de la entrada, pero como ya se pueden imaginar, la tragedia siempre tiene que ocurrir, pero esta vez la tragedia tenía cara y cabellera angelical, caderas mentirosas, piernas interminables, senos simétricamente perfectos y su abdomen era una llanura impecable. Esa tragedia también tenía nombre. Era Anja Falacci, –se lee así pero se pronuncia Anya Falachi, por si se desubican- una de las “candy-eye[2]” de su año y también sueño recurrente de Boris.

Ya no tenía escapatoria, sabía que estaba liquidado porque era peor si huía de aquel momento, debido a que Anja Falacci ya había hecho contacto visual con el ahora psicótico Boris Grossman.

Se acercaban. Ella se devoraba los metros con su andar que mas bien parecía ser la levitación de una diosa con su líbido a punto de estallar en mil estrógenos, mientras la cabeza de Boris era una zona de beligerancia total; pero para sorpresa de él y de toda la humanidad, Anja levantó su delicada testa, liberó su mano derecha y la subió sutilmente a sus pechos.

El tiempo se detuvo por 1,34567 milésimas de segundo. Tiempo suficiente para que Boris tomara la que posiblemente era la decisión más sabia y trascendental de su vida, antes que la enfermedad casi terminal que padecía se pronunciara –la de no poder callar, y decir la verdad siempre-.

El joven Boris no lo dudo dos veces y al ver el sí de Anja interpretado en el tacto tenue a su teta, se abalanzó sobre ella como si fuera la última esperanza que existe para aferrarse a una vida que se va, pero esta vez con un menudo detalle: se agarró de sus pechos como si fuera un bebe sediento de lactosa maternal.

La pobre Anja, atónita ante la desfachatez de Boris, se reveló iracunda:

Pero qué te pasa pelotudo!  degenerado de mierda.

Grossman no entendía que sucedía. No comprendía la reacción tajante de Anja Falacci sabiendo de antemano que su don, el que había elegido, se manifestó de manera contundente sin temor al error e infalibilidad; pero súbitamente, sintió una suave textura que a la misma vez revelaba un peso insoportable para Boris, peso que se incrementó exorbitantemente al ver que en su mano reposaba no un sostén, sino una simétrica almohadilla de aumento que se acomodaba en sus senos.

Los Datos:

-De las 500 millones de mujeres jóvenes que viven en el mundo, según el Centro de Información de las Naciones Unidas, Boris Grossman no pudo acceder a ninguna, aún teniendo dotaciones divinas.

-Boris Grossman nunca pagó el diezmo que estaba destinado a donar en su vida eterna.

-Una almohadilla de aumento puede hacer la diferencia sobre un sostén a la hora de abordar cualquier nena.

-Dios sabe como hace sus cosas, pero está vez se salió con la suya.


[1] Dar: (Del lat. lo reparten). Tr. Mujeres que se dejan obstruir sus conductos íntimos por elementos fálicos.

[2] Candy-Eye (Del Ingl.pretty women). La mujer más despampanante de un grupo social determinado.

Twitter: @iHedonismo

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