Decir lo que pensamos

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Por: Juan Pablo López

Dos personas. Se gustan, lo saben pero no lo dicen porque el miedo, inicialmente, puede más que las mariposas encabronadas que reinan en el estomago, ya que las humanos en su gran mayoría son cobardes. Y no lo digo despectivamente. Yo soy cobarde y creo que es lo normal. Esos que tienen una “personalidad arrolladora”, en realidad poseen un súper poder o ya se pasan de pendejos. El caso, es que el miedo se convierte en el legislador de nuestros pensamientos que nos reprimen a decir lo que pensamos, sentimos y queremos. Este miedo se fundamenta básicamente en dos cosas: 1. Que así tengamos la certeza de que hay una reciprocidad en los sentimientos, nos da físico pánico balbucear un “Me gustas” o cualquier cursilería de esa calaña pero necesaria para la ocasión. Y 2. ¿A quién le gusta que lo rechacen? sólo a los imbéciles que actúan en pro del rechazo -sin darse cuenta-; por eso es que siempre está vigente ese miedo a que te digan algo como: “Sí, me gustas pero como amigo” o el épico K.O en el primer asalto de: “Yo te veo más como un hermanito”.

¿Qué hacer entonces?

La solución más fácil -mediocre-, eficiente y eficaz sería estar solos. No depender de nadie, no tener que llamar a nadie y no tener que sentir celos de nadie, o mejor: ser los responsables de nuestros propios orgasmos. Lo anterior sería lo ideal, pero por lo menos yo -no sé ustedes-, encuentro la máxima felicidad estando al lado de una mujer. No es porque le tema a la soledad, o bueno quizá ahora sí, pero ese no es el punto. La cuestión es que sin importar lo que depare el futuro para dos personas que se gustan, ya sea que sólo estén “saliendo” para ver que pueda pasar, o si sólo están “Pa’ vasilar na más” -como diría el filósofo Ñejo-, o si son de esas personas que les dicen “Hola” y ya están pensando en el anillo de bodas… todo es irrelevante. Lo que en realidad puede ser vital, es tener claro lo que sienten y quieren de esa persona, no importa en cual de las tres situaciones estén o sea su caso, la humanidad debería estar en la obligación moral de gritar cuando se desea algo, porque de lo contrario, se llenarán de un peso insoportable que seguramente traerá consecuencias nefastas para las dinámicas -de cualquier tipo- entre dos personas, que insisto: se gustan.

Quizá haya mujeres u hombres que lo sientan pero no creen necesario decirlo. Error… ¡díganlo! se supone que es el curso “normal” de las cosas, ayúdense con un “whiskicito” si es necesario o yo qué sé. No les estoy diciendo que etiqueten toda situación, estado, o punto indefinible de una relación, eso no es lo fundamental -dependiendo qué tan estúpido sea el ser-, lo primordial es llenarse de certezas, frases u analogías que reproduzcan toda una complejidad de hechos traducidos en cortas y sutiles frases que nos dan esa seguridad para ahí sí poder callar y dejar que el rumbo anti-natural de la vida defina qué queremos, qué quieren nuestros cuerpos y qué tan idiotas somos como para no romper ese hielo que tanto nos perturba, porque de ahí en adelante les aseguro que todo será levitación conjunta con esa persona que… simplemente: nos gusta.

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