La felicidad era mucho más simple

Hedonismo en párrafos también abre sus puertas a otros escritores no tan mediocres como su autor. En esta ocasión, tenemos una invitada amante de los samurais, experta en ocio y contra de la tecnología. Mejor dicho, es una vieja guardia social. Por eso es algo utópico que logren entablar una conversación con ella por más de dos minutos (lo he logrado y creo que ya podré morir tranquilo), o que puedan tener el privilegio de leer sus siguientes líneas. Pero sin más preámbulos, déjenme redundar una vez más (como siempre) para agradecerle a ella, a la hija de Darth Vader, y a la ex-manager de quién sabe cuántos artistas frustrados, por la publicación de esta crónica y por aceptar una módica suma de… más un par de Bon Bon Bums rojos para enseñarnos que la felicidad podía ser mucho más simple.

Por: Daniela Rojas T

Era un viernes 13 de abril, lo recuerdo claramente porque era el día en que Santiago, mi amigo, estaba cumpliendo años y yo me había pasado la semana pensando qué regalarle. En realidad la situación era un poco más compleja de lo que parece. Si bien es cierto que somos amigos, también es cierto que no sólo somos amigos. Llevábamos “saliendo” un par de meses y estábamos (aún lo estamos) en ese punto indefinible de una relación (no es que haya que definirlo tampoco). El caso es que decidí invitarlo a almorzar de cumpleaños. Al salir, se me ocurrió sugerir que fuéramos a jugar a las maquinitas y él, como todo hombre normal lo haría, se entusiasmó con la idea de jugar en los simuladores de carreras y durante todo el trayecto hizo alarde de su extraordinaria destreza como piloto tanto en la vida real, como en simuladores y consolas de videojuegos. No sé qué tienen los hombres que todos se creen pilotos de Nascar o de Fórmula 1 y sueñan con vivir experiencias tipo Rápido y Furioso, con carros arreglados, carreras clandestinas y todo el cuento. Yo por mi parte sueño con tener una experiencia tipo Rápido y Furioso pero con Vin Diesel y Paul Walker, pero esa es otra historia.

Decía que Santiago alardeaba y yo, en pos de la dinámica competitiva que nos caracteriza, y confiada en mis habilidades con los videojuegos de carreras, lo reté a una competencia, el ganador se quedaba con la satisfacción de ver al otro completamente humillado y además podía ponerle un reto al perdedor, así que la ganadora, a pesar de no tener ni la más mínima idea, de a qué me iba a enfrentar, debía ser yo. Llegamos al lugar, un espacio gigante lleno de videojuegos de todo tipo, de dulces y de juguetes, el paraíso de cualquier niño, aunque debido a la hora todavía no se veía ninguno. Fuimos a la taquilla y mientras Santi compraba la tarjeta (oiga, lo que son esas invitaciones modernas) yo me quedé viendo los peluches, muñecos, cuadernos, maquillajes y demás cositas que uno podía reclamar con las boletas que se ganaba jugando en las maquinitas. Busqué el más caro que era una espada que alumbraba, sonaba y valía como 200 boletas y decidí que cuando ganara iba a poner a Santiago a conseguirla.

Tarjeta en mano y nos fuimos a buscar el simulador de carreras, cuando lo encontramos me preguntó “¿Sí sabes cómo se maneja?” A mi me pareció tan similar a un carro de verdad que le contesté que obviamente con cara de Michael Schumacher y me senté en mi respectivo volante, él hizo lo y pasó la tarjeta, escogimos los carros y ¡3, 2, 1 arrancamos!, o mejor dicho, arrancó él porque mi carro no se movió, yo hundía el acelerador pero el infeliz no arrancaba, lo presioné con todas mis fuerzas pero el desgraciado ni se inmutó, desesperada empecé a presionar todos los pedales, botones y palancas que veía y logré hacer que el carro se moviera unos cuantos metros pero ya la derrota era inminente, yo en un intento desesperado grité “¡es que esto está malo!” Santi se rió, terminó su carrera victorioso, me miró y me dijo “Dani, estabas hundiendo el freno en vez del acelerador” ¡a qué imbécil se le ocurre poner el freno en la derecha y el acelerador en la izquierda! Aunque es cierto, es un juego para niños, los niños no manejan carro y bueno…

Ahora me tocaba enfrentarme a la penitencia que Santiago perecía tener muy clara desde el comienzo: me vería obligada a montarme en el toro mecánico. No protesté porque él siempre me dice que nunca asumo mis derrotas así que me dirigí, cual payaso de rodeo orgulloso de su trabajo, a subirme al toro, le hice caras al hombre que lo controlaba como de “Socio, suave por favor” y justo cuando parecía que me había entendido, y que había alcanzado a pensar “esto va a ser fácil” empieza ese toro a zarandiarme para todos lados y yo sólo pensaba en lo ridícula que me podía estar viendo, como esos muñecos que ponen afuera de algunos negocios y eventos que está hechos de una tela que el viento sacude como se le da la gana, sólo que a mí aparte me estaban viendo atentamente y con toda la intención de reírse, así que me solté y caí de cabeza con el “Derrière” hacia arriba. Definitivamente una posición en la que no quería que me viera, al menos no todavía. Me incorporé lo más rápido que pude tratando de ocultar la vergüenza y las ganas de salir corriendo que tenía, pero una apuesta es una apuesta y quedé con el orgullo mancillado, pero eso sí, con el honor intacto , ese fue mi consuelo de boba.

Después de mi ridículo en el rodeo, fuimos a jugar a las maquinitas, pues todavía nos quedaba mucho crédito en la tarjeta y si algo había en ese lugar eran juegos en qué gastarlo. Al principio yo estaba un poco incómoda, tal vez por lo del maldito toro o de pronto porque Santiago miraba constantemente a su alrededor buscando caras familiares que lo pudiesen ver en ese tipo de actividades infantiles, pero después nos relajamos y confieso que disfruté bastante el momento. Jugamos hockey de mesa, pero sin apostar porque ya había perdido suficiente dignidad  por un día; jugamos a hacer cestas, a pegarle con un mazo a los topos que se querían robar las zanahorias, a dispararle agua en la boca a los peces, al que le pegara más duro a la pera de boxeo, Guitar Hero y un videojuego de Transformers entre otros que ya no recuerdo. Cuando se nos acabó el crédito teníamos como 70 boletas, no nos alcanzaba para la espada entonces escogimos los juguetes que si hubiésemos ido con diez años menos, creo yo, hubiésemos elegido: yo una libreta de las princesas de Disney y Santi un llavero en forma de balón de fútbol. Fue una tarde definitivamente inusual pero muy divertida, y es que de vez en cuando es bueno volver a las épocas en que la felicidad era mucho más simple.

Twitter: @DanyRojas

PD: Los nombres de los protagonistas fueron alterados para la protección de los mismos.

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