La hijueputa verdad

El romanticismo de antaño diluido en la ceguera que causa el odio de la falacia. Así defino los siguientes párrafos que por lo menos a mí (un enamorado de lo romántico sin praxis en la ejecución) me hace contemplar la irracionalidad del amor como el fracaso lógico justificado en la mendicidad humana. Y qué decir del autor… Un gran cobarde que brillantemente eligió proteger su identidad; ahora bebe el exilir de la libertad, de la soledad. Mi socio, mi amigo, “Milán Piqué Mebarak”.

Antes de la verdad:

Tú: “Cuando desperté, ya nada era como antes, ya no me sentía igual. Me di cuenta que estaba vacío, que mi alma, mi mente y mi cuerpo no estaban satisfechos de ninguna manera. Intenté encontrar aquello que me faltaba en miles de personas y en miles de lugares. Nada funcionó cómo lo esperaba.
Un día cualquiera, el desespero alcanzó tal nivel de grandeza, que una pequeña explosión hizo colapsar gran parte de los pensamientos dentro de mi cabeza. No necesitaba nada nuevo; mi alma, mi mente y mi cuerpo no me acosaban por algo diferente o desconocido. Me pedían, de manera insistente, que me concentrara, que me diera cuenta de que aquello que me hacía falta, ya lo había tenido sin saberlo ciertamente. Cerré los ojos unos instantes y, de alguna forma que no es posible describir, apareciste en mí. Tu esencia se apoderó de todo mi ser y, por fin, lo vi claramente. Lo que necesitaba, lo que me llenaría, lo que me enaltecería, lo que me mi alma, mi mente y mi cuerpo me pedían a gritos y a golpes, eras tú. Esa tú que siempre me gustó, esa que siempre me sacó sonrisas, esa que siempre se apoderó de mis pensamientos, esa que siempre quise con locura. Tú, solo tú”.

Después de la verdad:

Llorando, destrozado y después de muchas cicatrices de tanto arrastrarme, me dije: -¡No seas tan marica! Entendé que ella, por sobre todas las cosas, es sólo un trofeo de las masas-. Sí, pensé. Una de esas mujeres que todos los hombres (o eso pensaba en mi época nublada) quieren mostrarle, restregarle y hasta humillar con ella al resto de hombres de esta maldita humanidad.

Un tiempo después, un poco menos enceguecido por lo que existió, me di cuenta que ella, el trofeíto, no era ni más ni menos que un zancudito. Una de esas mujeres que pican acá, pican allá, chupan acá, chupan allá, o maman (sobre todo esto) para ser más precisos. ¿Qué busco decir con esto? Pues que los trofeítos terminan siendo amantes de todos, de todos aquellos que les endulcen la billetera, la vista y, casi sin importancia, el oído.

La lucha seguía, no crean. Pero otra revelación tuvo lugar en mí: de tantos ires y venires, nuestra protagonista siempre quiso a unos más que otros, convenciéndose a sí misma de que le había llegado el amor, que estaba enamorada de algunos, que de tanto picar, chupar y mamar (sobre todo esto) algunos merecían llevarse un poco de su sincero -los lectores se paran y mueren de risa a carcajadas- enamoramiento.

Ah, ¡qué bella que es la vida! ¿A qué viene tan absurdo comentario? Pues ni más ni menos que llegó la última pero más importante certeza a mi vida. Que al trofeo de las masas, a la amante de todos y enamorada de algunos, no la ama nadie. Lo único que aman es su forma de ser, de ser tetona, de ser culona, póngale el adjetivo que usted quiera. Para resumir, aman, amamos, lo que nos pueden dar sexualmente. Sí, así de crudo. No nos interesan sus valores -los lectores se paran y mueren de risa a carcajadas-, nos interesa cómo pican, cómo chupan y cómo maman (sobre todo esto).
Recuérdenlo muy bien: Trofeo de las masas. Amante de todos. Enamorada de algunos. Amada por nadie. Puta.

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