Apología a la lentitud

Esta vez no hay introducción, simplemente, es un texto hermoso.

Por: Juan Diego Loaiza

Cada vez siento con mayor urgencia la necesidad de tomar a la gente que conozco, y a la que no, ya sea por la ropa, en su defecto, por el pelo, y obligarlos a bajar la velocidad. Por alguna razón siento que la vida se me escurre entre las manos; siento los días más cortos, los años como semanas y el reflejo del espejo me devuelve la mirada de un adolescente que no sabe cuándo se volvió adulto, y la del adulto que teme la llegada silenciosa de la ancianidad sin aviso alguno.

Hace poco, dando una clase, le hablaba a mis alumnos sobre la sensación que tenía en la infancia del paso del tiempo; se que solo fueron percepciones infantiles, quizás por lo aburridor del colegio donde estudié, quizás por la ausencia de la tecnología que hoy tenemos en todas partes, de la lentitud con la que pasaban los años. Recuerdo que las vacaciones de junio eran tan largas que a uno le daban ganas de volver a estudiar. Recuerdo los primeros amores en lo que se tardaba un montón en poder conseguir un beso, y ni que hablar para poder tocar una “tetica”. Recuerdo el disfrute mismo del ocio en la lentitud.

Digo esto porque, de una u otra manera, ese concepto esta devaluado, transgredido, malinterpretado, condenado a los anaqueles de lo antiguo o incluso del insulto; nadie quiere el internet más lento, el carro más lento, o ser el más “lento”. Ahora todo está condicionado por velocidades que se salen del parámetro de lo humano; se nos exige movernos a un ritmo que nos obliga llegar a una meta sin poder contemplar el paisaje, que nos impide detenernos para observar lo que sucede: comer una hamburguesa desabrida con rapidez y desocupar el puesto; hacer visitas sin sentarse; hacer el amor con los pantalones en las rodillas.

A quien lea esto le pregunto: ¿Hace cuánto tiempo no se ha detenido en la mitad de la calle a mirar la luna? ¿Hace cuánto no ha caminado, despacio, bajo la lluvia? ¿Hace cuánto no ha dedicado una tarde entera a recorrer con los dedos, con la luz del sol en decadencia, la espalda de la persona que ama sin pensar en nada más que en esa llanura de piel tibia?

No soy tan ingenuo como para renegar de las ventajas del progreso, pero quiero dejar en claro que la velocidad no es un bien en sí mismo, sino simplemente una consecuencia de un movimiento involuntario del hombre. Quiero dejar en claro que soy un agente de la lentitud, del disfrute y la contemplación; de la pausa y el ocio, del masticar despacio y tomarse una cerveza en medio día de trabajo; de salirse de clase para conversar con el del aseo y para el balón en la mitad de la cancha, como el pibe Valderrama, y bajarle el ritmo al partido (no todos somos Messi, ni el fútbol es tan rápido).

Milán Kundera lo dijo alguna vez: la velocidad conduce al olvido. En verdad espero llegar al final de mis días y tener algo que recordar.

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2 comentarios en “Apología a la lentitud

  1. …”se nos exige movernos a un ritmo que nos obliga llegar a una meta sin poder contemplar el paisaje, que nos impide detenernos para observar lo que sucede…”

    cierto, completamente cierto!

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