Tenemos que hablar

Por:  Juan Pablo López

Tú no sabes nada de nada, Annie. Me encomiendas a la desdicha, no sabes cuánto. Recuerda aquella vez en que, como cualquier par de adolescentes estúpidos cegados por la melosería y el descubrimiento del primer cuerpo ajeno, pactamos casarnos algún día. Pues te digo que desde hace un buen tiempo, me he desencantado de esos idealismos, pero debo admitir que, siendo yo un enamorado fundamentalista de la república, te has convertido para mí en un estado fallido.

Aunque no lo parezca, soy un hombre muy sensato. Solo quería equilibrio, que entregáramos lo mismo, pero ahí estás tú, ¡cobarde! Resguardada siempre, sin dar un paso en falso, ennegreciendo esa roca que tienes de corazón. Siento que he estado haciendo un esfuerzo, y en mi concepción romántica del amor, los ahíncos en materias amatorias no tienen que suceder. El deseo y la pasión deben ser de los sentimientos más naturales e inocentes; para nada forzados.

De hecho, te culpo a ti, Annie, por hacer que mis ojos y extremidades se estén inclinando a palpar otros cuerpos diferentes al tuyo, y todo porque eres un témpano. Bueno, la verdad es que siempre fuiste muy fría, incluso más de lo que estás ahora. Reconozco que no tengo la certeza de saber si fuiste una puta o no. No sé si tu posición favorita era a mis espaldas, o si andabas conmigo solo porque gozaba de una solvencia económica considerable. Aún así, sin haberme hecho un daño directo, fui acumulando un rencor y odio por ti; similar, creo yo, a lo que sentía cualquier miembro del Tercer Reich por Roosvelt, Churchill o Stalin.

Reitero que eres la responsable de mis amarguras, Annie. Eres la causante de mis tristezas, de mis nostalgias, de mis añoranzas, de mis agresividades mentales, de mis existencialismos… Incluso de mis utópicas felicidades que ahora veo efímeras en un pasado nublado, gracias a este presente frígido que me das, y ahora me obligas a hacerlo recíproco.

Decía que teníamos que hablar, Annie. Convengo que me he quitado unos barrotes enormes que tu silueta menuda y maleable puso en mis hombros. Bien podría realizar una adaptación de Milán Kundera diciendo que la levedad de tu cuerpo no tardó mucho en revelar su insoportable peso, pero me equivoqué hace unos momentos, ya ni la dignidad de un símil mereces.

Dispénsame Annie, y te ruego me eximas de cualquier culpa porque bien sabemos quién la tiene aquí, pero debo seguir con mi vida. Por ahora tú, sigue ahí tendida, parca. Es que de verdad tan gélida eres Annie, que has logrado extrapolar tu conducta rígida y glaciar, hasta el más ínfimo centímetro de tu cuerpo.

 

Adios, Annie…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s