La alegría

Dinhos

Por: Juan Pablo López

En una tarde de 1995 llamaron a la “alegría”, al “dientón” lo convocaron para que jugara en las divisiones menores del Gremio. Solo dos años después, estaba firmando su primer contrato como profesional en el equipo de Porto Alegre.

Decía entonces que había llegado la “alegría”. Mentí. Ronaldinho Gaucho fue el que le hizo un llamado de emergencia al fútbol mundial, recordándonos que éste se jugaba con la pelota, domándola, acariciándola como a nadie, ridiculizando al rival, pero siempre con ella, con la “redonda”.

Nació célebremente en Porto Alegre, tuvo su adolescencia en el París Saint Germain, pero maduró rotundamente en el equipo Blaugrana. Allí enalteció su personalidad, la cual hacía expresa en el terreno de juego. No existió un partido en el que su sonrisa no sé robara un par de planos que en realidad le correspondían a sus insolencias con el balón.

A la “Verde amarella” también llevó la infección de la diversión con la “bocha”. En el 2002 fue campeón del mundo en Corea y Japón, y previamente ya había sido un hito en las categorías juveniles.

17 de noviembre del 2005, noche memorable en la que el Bernabeu aplaudió a Ronaldinho. Así fue, la máxima forma del brasileño llegó esa noche en la que los hinchas de su rival acérrimo, el Real Madrid, se levantaron de sus asientos después del segundo gol para aplaudir alegría, para aceptar con aparente utópica humildad, al fenómeno que tenían en frente, al mago de la “espaldinha” y la versión mejorada de la “elástica” de Garrincha.

Ese mismo año (2005) ganó la máxima distinción futbolística: El Balón de oro. Después del 2006 bajó un poco su forma pero esa es otra historia que no viene a lugar, porque Ronaldinho fue más que momentos, fue más que todos los títulos que ganó y seguirá ganando por un par de años más. Él es el anticristo de los catenachos, el que te rompe cualquier esquema, la negación de la táctica. “Dinho”, como lo llaman de cariño, es la piedra angular de lo que siempre debió ser el fútbol.

Solo basta con googlear su nombre para ver los miles de videos editados con sus jugadas, con sus gambetas, con su penetración sutil a la red. Un control de la pelota exquisita, visión del juego milimétrica, siendo coherente con el “10” que siempre portó en su espalda. Rara vez ese número le quedó grande, pero como bien decía, fue más que un jugador que le aportó a los equipos en los que militó, él sin duda alguna, le hizo un aporte invaluable a los que amamos correr tras un balón; patrimonio histórico de la humanidad, vos “dientón risueño”.

Yo no quiero pasar por insolente. Mucho fútbol me ha faltado ver en la vida, pero siempre he dicho algo, y es que Ronaldinho quizá no esté cerca de entrar en un top tres de los mejores de todos los tiempos, pero sin duda alguna, Ronaldo De Assis Moreira es el jugador qué más alegría le dio al fútbol en su historia.

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Gracias por tanto “dientón”, y perdona tan diezmado alavo que se te hace.

Fumata blaugrana

Por: Juan Pablo López

Estaba un poco impaciente. Había perdido todo el sentido de la concentración viendo “Un perro andaluz” en el salón 507 del bloque #7 (clase de imagen). Pasaban de largo las 2 y 30 de la tarde, la señal del smartphone que no entraba ni con antena satelital y ese detalle solo me desesperó un poco más hasta que de ipso facto escuché un grito de euforia colectiva que venía desde el “Comfama” de la Universidad Pontificia Bolivariana. Sentí tristeza.

La razón del grito desmedido había sido el gol “Messianico” del rosarino al minuto 4’ del partido, pero ese detalle no fue precisamente lo que me causó congoja. En realidad el motivo de mi desasosiego era por el hecho de que festejaron con jolgorio un gol que no les pertenece.

Si decía que estaba impaciente era porque quería disfrutar un buen partido, quería ver fútbol en su expresión superlativa. Quizá había elegido un bando pero fue por un principio nacionalista; yo sí quería ver al “Negro” Zapata salir triunfante del Camp Nou. Pero volvamos al tema central. Pasaron 15’ minutos y por fin me liberaron de esa tortura que habían creado mis ansias en el aula.  Salí en ese paso intermedio entre caminar y trotar, presioné el contaminado botón del ascensor y cuando se abrió, se catalizó mi desconsuelo por cuestiones de marketing: Dos de los tres hombres que militaban el ascensor en ese momento, portaban la casaca del Barcelona, o del “Barça”, como seguro le deben decir ellos.

Salí corriendo del elevador como cual niña preocupada porque la van a ultrajar. Me ubiqué maltrecho en una silla y ya veía cómo el muchacho de Padilla, Cauca contenía los esfuerzos del ataque catalán, pero pronto llegó otra pincelada de la versión no mundialista de Messí, es decir, la iluminada, y concretó el segundo. Se desató en mí un odio incontrolable al ver el júbilo malgastado de tantos vende patrias que ni se enteran cuando Colombia gana algo importante en cualquier otro deporte.

En el entre tiempo todo volvió a la normalidad, como debió ser siempre. Calma, e “intelectualidad” por 15’ minutos, pero de nuevo se fueron a la mierda cuando a los 9’ minutos del complemento a David Villa le dio por sacar un zurdazo endemoniado al palo derecho del calvo Abbiati. Otra vez la emoción injustificable, y todo pintaba para goleada y remontada memorable. Quise distenderme un poco mirando lo que se decía en las redes sociales pero eso solo agravó la situación. Ahí es donde los aduladores sin argumentos pululan por doquier, todos volvieron a ser hinchas del Barcelona inexplicablemente e incluso el oportunista diario Olé, aprovechó para adelantar su portada del día siguiente en dónde titulaban con “sensación” una cita de Messi indagando: “¿Quién dijo que estoy triste?”.

Dominio total del Barcelona, un total de 696 pases de los cuales 610 fueron con éxito, adjudicándose un 88% de efectividad, tesis del cuarto tanto al minuto 91’ de un hombre de La Masía, Jordi Alba. Y de nuevo el explayamiento de los empalagosos hacía presencia, haciéndome sentir que hoy no había perdido el Milán, sino la patria. Me fui un poquito indignado y afligido a clase (30’ minutos tarde), pero las estadísticas y la fina coquetería futbolística me hicieron concluir que también es, y fue justo decir, que en el Vaticano se equivocaron al echar al aire la fumata negra; hoy martes 12 de marzo del 2013, la fumata, sin duda alguna, fue blaugrana.

Una vez más

Por: Juan Pablo López

Una vez más escribiendo. Una vez más malgastando párrafos intrascendentes para la gran mayoría, para las masas; pero merece la pena. Hace algunas días, entrada la noche en un típico desvelo musical, tuve una especie de epifanía existencialista. Me la produjo un track que quizá sea el que me engranó el cerebro hace unos 8 años: El loop progresivo hermoso de Daft punk – One More time; imposible que no les suene familiar. Si no la conocen háganle un favor al mundo y mátense. Perdón. El asunto es que mientras malgastaba los minutos del “crepúsculo”, pensé por qué después de tanto tiempo ese tema me seguía erizando la piel, sabiendo que es un loop “básico” de 8 bars que le sonará monótono a cualquier maleducado auditivo. Partí de la premisa a la negación de las rutinas como cómplices en la infelicidad del ser humano, y de inmediato me hizo arrojar una tesis muy clara. Coartada de vida.

La gran mayoría de asuntos en la vida tienen una fecha de caducidad, fechas de vencimiento que incluso prescriben antes de que comencemos a realizar dichos asunto que por lo general odiamos. Todas esas acciones nos cansan, incluso alguna que en un principio nos gusta, tarde que temprano nos termina aburriendo al caer en la inevitable y tormentosa rutina. Sí, a todos nos pasa. Llegamos a un punto en que las decepciones atacan por todos los flancos como cual “Blitzkrieg” Nazi y sentimos que son pocas cosas en la vida las que de verdad nos causan regocijo y felicidad absoluta -o por lo menos eso es lo que me pasa a mí-.

Fue cuando llegué a la inminente conclusión de que las mejores cosas de la vida son las que a pesar de su ejecución, una y otra vez, no vemos la hora de que inmediato vuelvan a suceder: Comer, ver buen cine no comercial; escribir en el momento que fluye, que te adulen; escuchar música muy duro, enamorarse; jugar con un animal bebé, reír; encontrarse plata en los bolsillos, bañarse en determinados momentos; ganarse cualquier cosa y hacer el amor, o en su defecto, “follar” duro.

Todas las anteriores creo que son casi todas las cosas que más me gustan. Yo sé, soy un egoísta digno, pero el asunto importante es que yo asimilo que algo me gusta demasiado cuando no me canso de hacerlo. Uno sabe que está enamorado cuando después de haber pasado todo el día con una persona, uno llega a la casa y de inmediato le vuelven a dar ganas de seguir estando con esa persona. Pasa lo mismo con una canción, con un beso, con un una película, o incluso hasta con la religión. La tesis es entonces que cuando la rutina no afecta una acción, estamos ante algo que puede ser lo que nos salve un día que ya fue una mierda. Así que luchen por esa monotonía sublime que los impulsa siempre a querer más, y no importa que ya lo hayan hecho, pues tienen derecho a ser felices… una vez más.

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Periodismo… ¿Qué es eso?

Por: Juan Pablo López

Menudo cuestionamiento. Quizá sería más difícil hacer una lista con las virtudes de la profesión que en Colombia, tiene la responsabilidad incluso hasta de educar. Pero vamos por partes y seamos cautelosos. La palabra periodismo está siendo sobrevalorada gracias a las nuevas herramientas que en vez de ayudar, han desacreditado la labor, al desafortunado punto que ahora hasta los mismos medios mediocres incitan a que el ciudadano carente de una profesión, practique y ejecute el “periodismo” como si tuviera las aptitudes para ejercer la labor como cual reportería de Gay Talesse. Según los parámetros contemporáneos -pero erróneos-, hacer periodismo es subir un video a YouTube, tomar una foto y colgarla en Facebook, o hacer una “denuncia” vía Twitter; pero a parte que los nuevos periodistas que limitan su labor en una ardua y extensa investigación, en frente del computador y los motores de búsqueda, se le suma el agravante que ahora deben competir con cualquier civil con un dispositivo móvil. Generamos nuestras propias adversidades.

Alguna vez, Tomás Eloy Martínez -Periodista y literato-, afirmó que “La gente ya no compra diarios para informarse, sino para confrontar, entender y analizar”. Y pues no me atrevería a decir que se equivoca, pero sí que me da envidia de saber que en Argentina tienen semejante grado de episteme tan avanzado. En cambio aquí, en Colombia, hay que hacer fuerza y “rezar” para que el pueblo no lo use para madurar aguacates, envolver pesebres, o recoger las heces del perro.

Es así, el periodismo carga con otro peso, y es una especie de deber ético, realizando una transición educativa a mediano o largo plazo para que los pocos periodistas que sí hacen su trabajo diligentemente, preparen al pueblo para que hagan válida la anterior frase de Martínez en Colombia.

Otro gran inconveniente es que la mayoría de los medios se están auto limitando a la labor sosa informativa de escritorio. A parte que quieren vender a costa del amarillismo y el sensacionalismo, y no apunta de buena redacción e investigación que es como debería ser,  el periodismo colombiano es bien lagarto. Condicionan su criterio y opinión público dependiendo de las empresas que pauten en el medio. La ideología la delimitan, la independencia es efímera.

En el periodismo deportivo los empresarios le pagan a los periodistas para que hablen de uno u otro jugador; en el periodismo de moda deben hablar bien de las marcas que les prestan la ropa para realizar sus editoriales; y en el periodismo político no se cumple una de las funciones, que en lo personal, pienso que es la más imprescindible, y es que el periodismo debe ser el contrapeso del poder.

Ahora, serviré a concluir estos párrafos con la situación que quizá está terminando de aniquilar al periodismo de antaño, y es la no adaptación y en especial, la no aceptación al ámbito digital.

El fundamentalismo es uno de los males más ominosos de la humanidad, te da un sentido monofónico de la vida, a tal punto que inconscientemente, sesgas la información que recibes a diario. Y eso es lo que pasa con los periodistas “vieja guardia”, amantes y puristas tradicionalistas. Niegan la importancia del periodismo digital, lo miran por encima del hombro y no aceptan la evolución del ejercicio. Yo incluso me atrevería a afirmar -insolentemente- que el periodismo ya no existe más en su versión o forma original. Ahora somos unos generadores de contenidos con una cantidad de recursos multimedia sustanciosa, eso sí, conservando la rigurosidad periodística en investigación, reportería y corroboración de fuentes… todo continúa y sigue siendo vital para destacarse en el rubro, pero no aceptar la trascendencia de la web 2.0 y el periodismo, es como negar la capacidad retórica y demagógica de Goebbels que catalizó la ideología nacionalsocialista.

Son esos entonces los inconvenientes que a mi parecer, complican el ejercicio periodístico en nuestro país y gran parte del mundo, sólo queda rogar para que los que más lean periódicos en Colombia, no sean los aguacates, pesebres y las flores.

¿Qué nos pasa con Instagram?

Artículo publicado en socialgeek.co

Por: Juan Pablo López

Es en serio, ¿Qué carajos nos está pasando en Instagram? sin darnos cuenta hemos caído más bajo que en casi cualquier otra red social. La gran mayoría de usuarios (me incluyo, a veces…) está rayando en la estupidez con inaportancias fotográficas basadas en clichés que quién sabe qué hipster puso de moda. No sé si sentirme mal o aceptar resignadamente que las modas virtuales rijan mi bienestar cotidiano, porque en algunas ocaciones siento abstinencia cuando dejo de obturar con mi smartphone lo que yo llamo un momento Instagram. ¿No les pasa? un paisaje radiante acompañado de unas nubes hermosas y lo demás es historia después de haberle metido un filtrico vintage, el desenfoque predecible y la iluminación que resalta la milagrosa luz de estudio a kilómetros de distancia.

Este inconveniente (Instagram) ya comprado por Facebook seguro agravara la crisis financiera, el hambre en África y la salud de Chavez (es decir, se aliviará) en un futuro próximo cuando el resto de la humanidad se contagie de estas manías tan “originales”. Y cuando digo manías, también podría decir tendencias, pero quizá el sinónimo más acertado sea idiotez. Por nombrar se me pasan muchas por la cabeza; empezaré con una que me hizo sentir muy mal debido a que es un cliché excluyente: Lo gatos. No tengo gato, lo cual empeora mis problemas de irascibilidad cada vez que suben miles de fotos del mismo jodido felino con variaciones milimétricas. Pero sobre esto no me puedo quejar. Sé que los gatos son inherentes a Instagram, como también las fotos que se toman las mujeres de sus coloridas uñas recién pintadas y de sus trenzas insípidas. Me pregunto qué pasaría si Instagram no existiera… ¿También le andarían restregando en la calle a la gente que no conocen sus uñas y pelos enroscados?

Otra bizarra tendencia es que aparte de creernos grandes fotógrafos ahora también tenemos una obsesión con lo gastronómico. Cómo putas se explica que una persona le tome una foto a cada plato de comida o a cada formita de capuccino que se ingestan. Entiendo también que los que desafortunadamente ya son padres de familia gocen de la felicidad que traen consigo los infantes, pero estos seres ya están abusando con principios pedófilos montando fotos de sus hijos con cada nueva acción que realizan, y si no es nueva pues tampoco tienen problema de repetirla; mucho menos si es en pelota.

En definitiva no sé qué nos pasa con Instagram, hype maligno que “eufemisa” la estupidez a un punto en que la aceptamos e incluso nos parece genial fomentarla. Mis únicas recomendaciones serán entonces que le pongan ojo a ese super close up que se hacen de su ojo, que cuando monten en avión no olviden tomarle la foto al ala del mismo para que les crean que viajaron, y por su puesto, que capturen cada momento u objeto común (si se puede contra un espejo mucho mejor) como si fuese el último.

Comprueben cierta idiotez acá: @jplopezlive 

Twitter: @iHedonismo

Twitter no tiene la culpa

Artículo publicado para Socialgeek.com

Por: Juan Pablo López

Así es, Twitter no tiene la culpa si tu novio te dejó por otra, tampoco la tiene si tienes que estudiar mucho porque estás en finales y mucho menos si te estás comiendo un tarro entero de helado de chocolate. Se está volviendo muy común que los usuarios usen muy bien los 140 caracteres que permite la red social, pero ¿con qué tipo de contenidos?

Basura, eso es lo que el usuario promedio está trinando. Creen que Twitter es una versión 2.0 de Facebook en donde están actualizando su estado con una frecuencia espeluznante. Prácticamente están registrando y documentando cada paso, cada acción que realizan en su vida sin importar cuán irrelevante puede llegar a ser para sus followers (que no deben pasar de diez). Pero bueno, de igual manera cada quien es libre de tuitear lo que le venga en gana, pero en lo personal, no me soporto la intensidad de los “Club de fans” de  pseudo-artistas, los Trolls que tienen como principal y único argumento al insulto intrascendente, o los que critican sin una mención respectiva, cobardes.

Menos mal también existe el botón de unfollow. Cosas que ame yo en la vida y ese botón; es el que te ayuda a tener el nuevo gran placer digital en la vida, y es el de tener un TL (Time Line) despejado, carente de inaportancias, resentimientos sociales, o de un sinfín de filósofos wannabe, y por el contrario lleno de sextuiteras sabrosas (que de seguro son unos gordos con acné), un puñado de rigurosos periodistas y selectos tuitstars que no tienen ganas de hacer fama.

Pero los anteriores personajes, no son la totalidad de la problemática tuitera. Existe otro clan que debería ser exterminado de inmediato, y es el de los que se toman en serio Twitter, o por lo menos más de lo que deberían. No se puede explicar a los personajes que, por ejemplo, cuando  alguien tuitea algo como: “Yo en mi juventud me comía a la esposa del presidente” y que de inmediato estén respondiendo el tuit preguntando que si es verdad. Casos así se ven a diario, gente ingenua o en su defecto “buenas personas” hay por doquier, por eso en este país nos roban tanto; por la sobrepoblación de gente bien, y como el vivo vive del bobo… lo demás es historia.

Pero volviendo al tema que nos agobia el día de hoy, tampoco comprendo a los anormales que optan poner sus cuentas de Twitter privadas. Es que en serio… ¿en qué carajos están pensando? Lo que están haciendo es como, literalmente, comprarse un Lamborgini Aventador para dejarlo parqueado en un garaje oscuro, o como cuadrarse a Laura Acuña después de mucho esfuerzo, perseverancia y esperanza para después comérsela sin quitarle la ropa para no disfrutar del verdadero motín que hay debajo de esas prendas. Lo mismo pasa con estos personajillos que privatizan sus cuentas, no tiene sentido alguno, parecen hombres de Cro-Magnon. Seguro son de esos que se creen los seres más interesantes de este planeta y en realidad tienen poco y nada que ofrecer. Ahora, si lo hacen para que una novia o acosadora celosa no los stalkee, pues… mejor matarse antes que perder la “libertad digital”.

En conclusión, no descarguen toda su imbecilidad por Twitter, no hagan sentir pena ajena a todos sus seguidores como, por ejemplo, lo hace el ex presidente Alvaro Parami…, digo Alvaro Uribe Vélez en su cuenta, rebosado de impotencia y rabia. Pero está bien, si van a depositar su ira en Twitter, si van a contarnos que les está doliendo el dedo chiquito del pie, o si van a decirnos buenos días todos los días de esta vida, pues por lo menos háganlo de manera original, innoven, sean distintos y no nos aburran más con sus inoficiosos trinos; ni Twitter ni sus followers tienen la culpa.

Twitter: @iHedonismo

El fin de la especulación

Hedonismo en párrafos regresa tras unos largos meses de ausencia, pero volvimos recargados de 9 páginas (un bodrio académico) explicándole a algunos desorientados que el mundo, tal y como lo conocemos no se va acabar este 21 de diciembre. A continuación, entreténgase con un “collab” de un duo que incluso ha “mojado” la prensa de grandes revistas literarias del mundo (?)

Por: Juan Pablo López y Daniela Rojas

Que el mundo, al menos tal y como lo conocemos, se acaba este próximo 21 de diciembre del 2012. Esa es, a grandes rasgos, la creencia que albergan muchas personas, influenciadas por supuestas profecías de los mayas que auguran un sin fin de pestes y desastres que habrían de azotar a la humanidad y de conducirla a su exterminio.

Sebastián Cifuentes, un joven de 20 años estudiante de Administración de Empresas, es un acérrimo creyente de este supuesto cataclismo que habría de ocurrir y lleva todo el año preparándose para hacer frente a cualquier posible situación catastrófica que aquel fatídico día le presente. “Un día antes me voy a llevar a toda mi familia y a la de mi novia para mi finca en Llanogrande, allá tengo almacenado más o menos un millón de pesos en enlatados, productos de aseo y también un arma y algunos cuchillos para protección”. Además de estas medidas Sebastián realizó un curso de tiro donde aprendió a utilizar fusiles y pistolas, otro de defensa personal y uno más de supervivencia para, por ejemplo, aprender a hacer fuego con palos o a fabricar herramientas y armas desde cero.

Carolina Cuartas por su parte decidió a mediados de este año posponer sus estudios de Mercadeo en la Universidad Eafit para irse a vivir seis meses en París “el argumento que le di a mis padres para viajar fue que quería ir a estudiar francés, fue perfecto porque tengo una prima que estudia diseño de Modas aquí y ellos estuvieron de acuerdo, la razón real es que no me quería morir sin conocer París” cuenta.

Sebastián y Carolina, pese a lo anterior, no son personas que presenten alguna enfermedad mental, haya sufrido algún trauma en su infancia o vivan en un ambiente de condiciones extremas, por el contrario son jóvenes pertenecientes a la clase alta de la ciudad de Medellín, que llevan una vida que en términos generales se podría calificar como normal. Entonces, ¿cuál sería la explicación lógica o justificación de ese comportamiento y el de las millones de personas más que comparten su creencia en todo el mundo?

Las razones podrían ser diversas pero si algo es seguro es que la explotación mediática y comercial del tema, que ha sido inmensa sobretodo en el presente año, ha tenido mucho que ver en esta creciente paranoia colectiva.

El canal National Geographic, por ejemplo, lanzó a principio del año la serie televisiva “Preppers” la cual narra la vida de algunas familias estadounidenses que preparan sus vidas ante un posible desastre de proporciones épicas, construyendo bunkers y almacenando todo tipo de armas, comida, agua y demás elementos necesarios para sobrevivir. También el canal RCN lanzó un programa llamado “Crónicas del fin del mundo”, que más bien era una pseudo-investigación sensacionalista que partía de simples rumores, con un solo propósito: infundar el miedo.

La publicidad también ha sacado un muy buen provecho del auge del fin del mundo, pues “es la herramienta de mercadeo por excelencia”, afirma Juan Sebastián Esguerra, publicista FreeLancer que por idiosincrasia rechaza de antemano cualquier teoría sobre el fin del mundo. Él, a pesar de estar consiente del consumismo que ha potenciado este campo, considera que en Colombia hay buenas regulaciones comerciales que de alguna forma protegen al comprador. En este país, no se puede andar ofreciendo en televisión, radio o cualquier medio de comunicación, productos que no cumplan con lo estipulado, es decir, cualquier hipérbole medianamente irregular, puede ser sancionada gravemente con un monto económico.

Por esta razón en Colombia las grandes empresas no han podido utilizar la premisa del fin del mundo como un hecho factible para comercializar sus productos, referentes o no, al supuesto apocalipsis que tendría lugar este 21 de diciembre.

Por otro lado, Esguerra no deja de resaltar que en países en donde las regulaciones son más flexibles y permiten ciertos engaños por parte de las empresas, aprovechan este tipo de acontecimientos como un arma de mercadeo letal, aprovechándose de la ignorancia general del pueblo para catalizar sus productos. No obstante, en Colombia algunas marcas han sabido aprovechar este acontecimiento sin infringir las leyes estipuladas.
Axe por ejemplo, creó su último desodorante con el título “Axe Fin del mundo” en donde simplemente lanzan un interrogante sobre si sucederá o no el día final este año. Sigue leyendo