¿La verdad o se atreve?

Artículo publicado en la revista El Grifo.

Por: Juan Pablo López

Sí. A mí también se me iluminaban los ojitos cuando de chico me decían que íbamos a jugar “La verdad o se atreve”.  Esa idea utópica de besar unos labios se hacía un poco más factible al saber que se iba a jugar el juego mítico de infancia, y más aún cuando en los integrantes del juego estaba esa niña que le encantaba a uno, pero ese deseo era directamente proporcional al desprecio que ese ángel tenía por la mayoría de los hombres, y en especial conmigo.

Un salón social, un parqueadero escondido, el pasillo del ascensor, las escaleras… esos eran los lugares propicios para llevar a cabo el juego en un conjunto residencial o unidad. El grupo social de amigos (hombres) que recién hacía contacto con el grupo social femenino, aguardaba expectante la noche del viernes para poder aprovechar esos instantes sublimes que no se repetirían en un tiempo prolongado.

La botella 350 ml de Coca-Cola no podía faltar. Era la mágica herramienta que decidía al azar quién con quién debía atreverse o decir la verdad. Una vez elegido el sitio, se sentaban en un círculo, hombres y mujeres intercalados para ayudarle a la suerte a elegir siempre sexos diferentes, pero también recuerdo que era genial cuando alguna niña invitaba primas o amiguitas del colegio. Lo ideal era sentarse en frente de la más linda o de la que a uno le gustaba para ampliar las probabilidades de que se diera un evento, pero claro, no faltaba el que siempre se sentaba al lado de la fea para que nunca le tocara con ella.

Tensión en el ambiente se sentía, pero una vez empezaba a girar la botella esa tensión se transformaba en emoción al saber las primeras verdades (nadie al principio se atrevía) que eran la antesala a las respuestas que uno necesitaba oír para poder atreverse. Y era así como llegaba el gran momento. Se trataba de no hacer contacto visual con ella, hasta que después de decir las palabras más extraordinarias que se pueden contemplar: “Me atrevo”, uno se paraba con ese bello espécimen femenino a otro sitio para que nadie viera ese insuperable momento, que duraba poco, pero era suficiente para divagar los días posteriores.

Y así era como se vivía el juego de “La verdad o se atreve” hace unos diez años. Niñas de 12 ó 14 años que en una noche perfectamente se podían besar a 4 ó 5 jóvenes y no la apedreaban verbalmente con chismes grotescos, porque quizá todo se hacía dentro de los parámetros de la inocencia. Me pregunto qué dirían de una mujer que hiciera semejante proeza en estas épocas… (?)

En estos tiempos las cosas han cambiado un poco. El juego ya debería llamarse algo así como: “¿La verdad de que eres una perra, o te atreves a comprobarlo?”

Pero como la academia y la ciencia van primero, me aventuré a confrontar por mí mismo, cómo sería jugar esta graciecita en tiempos contemporáneos y libertinos cercanos al día del juicio final, que como acotó Martín De Francisco hace algunos días, es más bien “el final del poco juicio que nos queda”.

                                                                                                                                                                                                   ***

¿Y quién lo iba a pensar? Conseguir el material humano para que se prestaran a jugar “La verdad o se atreve” fue lo más fácil de todo, algo impensado para mí realizando una retrospectiva de mi vida; pero es que seamos sinceros, esa es una de las bondades de estudiar Comunicación Social – Periodismo: El material humano femenino, insisto: te amo UPB. Sigue leyendo

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