La insoportable levedad del ser religioso

Hedonismo en párrafos es un blog que se preocupa mucho por la responsabilidad social, y esta vez quisimos brindarles una lectura pertinente para estas fechas santas. Tan solo esperamos que no tengan una resu-erección al desglosar los párrafos que leerán a continuación, a cargo de un docente que de ahora en adelante enaltecerá esta romántica publicación esporádica.

Por: Juan Diego Loaiza

No me considero un hombre particularmente creyente. Siempre he creído que  la fe es un asunto individual, en el que cada quien expresa su sentimiento para sí mismo, sin la necesidad de seguir ningún tipo de dogma que lo ate a comportamientos definidos. La idea del pecado me parece absurda, y toda la parafernalia que adorna la Iglesia la he entendido como adornos de oropel en una corona de lata.

No recuerdo la última vez que un sermón en alguna misa logro conmoverme; a las que he ido (casi siempre por obligación) solo he escuchado las mismas palabra, los mismos lugares comunes que usan los sacerdotes para mantener algún tipo de interés en su feligresía: metáforas gastadas sobre la muerte y la resurrección, imágenes confusas sobre el Cristo histórico y el dios eternamente caritativo, chistes flojos, y una absoluta ausencia de sentido común. Lo curioso de todo el asunto es que, como todo, el proyecto del cristianismo está tomando el rumbo que, quizás sin saberlo, el propio Darwin predijo: la evolución como adaptación a un entorno.

Hace poco, hablando con un sacerdote, me decía que la Iglesia estaba impelida a adaptarse a los tiempos modernos, cambiando su forma sin alterar el trasfondo. Me hablaba del nuevo individuo contemporáneo y de las nuevas maneras de la fe; de las necesidades básicas de la espiritualidad, y de cómo era obligatorio que la institución religiosa se vistiera con ropas nuevas.

Por eso me pareció tan divertido estar caminando el fin de semana pasado por un centro comercial y encontrarme, en medio de almacenes y restaurantes, una cantidad de gente oyendo la misa dominical. Estuve un buen rato observando y tratando de oír (la voz del sacerdote se confundía con un conjunto que tocaba rock en español en otra ala del centro comercial), y entendí, con lujo de detalles, lo que el cura me había dicho el otro día. Vi a una congregación de fieles blanditos escuchar las palabras de su salvador mientras miraban de reojo el valor de los tenis que iban a comprar después de la comunión; vi a unas señoras muy puestas y dignas estar perfectamente sintonizadas con la homilía mientras la retransmitían, punto por punto, por su teléfono celular (quizás por Twitter o WhatsApp, no alcance a ver la aplicación); vi a los hombres más piadosos de Medellín bajar su cabeza contritos y arrepentidos para verle de una mejor manera el culo a la señorita del frente que fue a la santa misa con unos pantaloncitos cortos y deliciosos; vi a los niños más hermosos de la tierra aprender a ser mejores cristianos correteándose entre las macetas de flores artificiales comiendo dulces y gritando, y a sus madres dichosas y complacidas, observarlos mientras conversaban sobre sus reales problemas humanos: cómo hacer para bajar de peso, la dificultad para conseguir una buena señora del servicio, y el lugar de las vacaciones de semana santa.

Fue un espectáculo hermoso y conmovedor. Creo que no me había divertido así en mucho tiempo. Cuando era pequeño la misa estaba mediada solo por el temor de faltar y el tedio de asistir, matizado por el olor del barniz de las bancas y el tono monocorde del cura mientras hablaba, que mas incitaba al sueño que a la reflexión. Hoy la misa tiene el olor dulce de las crispetas, mujeres hermosas, vitrinas de cristal, y un redentor que se viste de Converse y Lacoste.

El fin de la especulación

Hedonismo en párrafos regresa tras unos largos meses de ausencia, pero volvimos recargados de 9 páginas (un bodrio académico) explicándole a algunos desorientados que el mundo, tal y como lo conocemos no se va acabar este 21 de diciembre. A continuación, entreténgase con un “collab” de un duo que incluso ha “mojado” la prensa de grandes revistas literarias del mundo (?)

Por: Juan Pablo López y Daniela Rojas

Que el mundo, al menos tal y como lo conocemos, se acaba este próximo 21 de diciembre del 2012. Esa es, a grandes rasgos, la creencia que albergan muchas personas, influenciadas por supuestas profecías de los mayas que auguran un sin fin de pestes y desastres que habrían de azotar a la humanidad y de conducirla a su exterminio.

Sebastián Cifuentes, un joven de 20 años estudiante de Administración de Empresas, es un acérrimo creyente de este supuesto cataclismo que habría de ocurrir y lleva todo el año preparándose para hacer frente a cualquier posible situación catastrófica que aquel fatídico día le presente. “Un día antes me voy a llevar a toda mi familia y a la de mi novia para mi finca en Llanogrande, allá tengo almacenado más o menos un millón de pesos en enlatados, productos de aseo y también un arma y algunos cuchillos para protección”. Además de estas medidas Sebastián realizó un curso de tiro donde aprendió a utilizar fusiles y pistolas, otro de defensa personal y uno más de supervivencia para, por ejemplo, aprender a hacer fuego con palos o a fabricar herramientas y armas desde cero.

Carolina Cuartas por su parte decidió a mediados de este año posponer sus estudios de Mercadeo en la Universidad Eafit para irse a vivir seis meses en París “el argumento que le di a mis padres para viajar fue que quería ir a estudiar francés, fue perfecto porque tengo una prima que estudia diseño de Modas aquí y ellos estuvieron de acuerdo, la razón real es que no me quería morir sin conocer París” cuenta.

Sebastián y Carolina, pese a lo anterior, no son personas que presenten alguna enfermedad mental, haya sufrido algún trauma en su infancia o vivan en un ambiente de condiciones extremas, por el contrario son jóvenes pertenecientes a la clase alta de la ciudad de Medellín, que llevan una vida que en términos generales se podría calificar como normal. Entonces, ¿cuál sería la explicación lógica o justificación de ese comportamiento y el de las millones de personas más que comparten su creencia en todo el mundo?

Las razones podrían ser diversas pero si algo es seguro es que la explotación mediática y comercial del tema, que ha sido inmensa sobretodo en el presente año, ha tenido mucho que ver en esta creciente paranoia colectiva.

El canal National Geographic, por ejemplo, lanzó a principio del año la serie televisiva “Preppers” la cual narra la vida de algunas familias estadounidenses que preparan sus vidas ante un posible desastre de proporciones épicas, construyendo bunkers y almacenando todo tipo de armas, comida, agua y demás elementos necesarios para sobrevivir. También el canal RCN lanzó un programa llamado “Crónicas del fin del mundo”, que más bien era una pseudo-investigación sensacionalista que partía de simples rumores, con un solo propósito: infundar el miedo.

La publicidad también ha sacado un muy buen provecho del auge del fin del mundo, pues “es la herramienta de mercadeo por excelencia”, afirma Juan Sebastián Esguerra, publicista FreeLancer que por idiosincrasia rechaza de antemano cualquier teoría sobre el fin del mundo. Él, a pesar de estar consiente del consumismo que ha potenciado este campo, considera que en Colombia hay buenas regulaciones comerciales que de alguna forma protegen al comprador. En este país, no se puede andar ofreciendo en televisión, radio o cualquier medio de comunicación, productos que no cumplan con lo estipulado, es decir, cualquier hipérbole medianamente irregular, puede ser sancionada gravemente con un monto económico.

Por esta razón en Colombia las grandes empresas no han podido utilizar la premisa del fin del mundo como un hecho factible para comercializar sus productos, referentes o no, al supuesto apocalipsis que tendría lugar este 21 de diciembre.

Por otro lado, Esguerra no deja de resaltar que en países en donde las regulaciones son más flexibles y permiten ciertos engaños por parte de las empresas, aprovechan este tipo de acontecimientos como un arma de mercadeo letal, aprovechándose de la ignorancia general del pueblo para catalizar sus productos. No obstante, en Colombia algunas marcas han sabido aprovechar este acontecimiento sin infringir las leyes estipuladas.
Axe por ejemplo, creó su último desodorante con el título “Axe Fin del mundo” en donde simplemente lanzan un interrogante sobre si sucederá o no el día final este año. Sigue leyendo