Una vez más

Por: Juan Pablo López

Una vez más escribiendo. Una vez más malgastando párrafos intrascendentes para la gran mayoría, para las masas; pero merece la pena. Hace algunas días, entrada la noche en un típico desvelo musical, tuve una especie de epifanía existencialista. Me la produjo un track que quizá sea el que me engranó el cerebro hace unos 8 años: El loop progresivo hermoso de Daft punk – One More time; imposible que no les suene familiar. Si no la conocen háganle un favor al mundo y mátense. Perdón. El asunto es que mientras malgastaba los minutos del “crepúsculo”, pensé por qué después de tanto tiempo ese tema me seguía erizando la piel, sabiendo que es un loop “básico” de 8 bars que le sonará monótono a cualquier maleducado auditivo. Partí de la premisa a la negación de las rutinas como cómplices en la infelicidad del ser humano, y de inmediato me hizo arrojar una tesis muy clara. Coartada de vida.

La gran mayoría de asuntos en la vida tienen una fecha de caducidad, fechas de vencimiento que incluso prescriben antes de que comencemos a realizar dichos asunto que por lo general odiamos. Todas esas acciones nos cansan, incluso alguna que en un principio nos gusta, tarde que temprano nos termina aburriendo al caer en la inevitable y tormentosa rutina. Sí, a todos nos pasa. Llegamos a un punto en que las decepciones atacan por todos los flancos como cual “Blitzkrieg” Nazi y sentimos que son pocas cosas en la vida las que de verdad nos causan regocijo y felicidad absoluta -o por lo menos eso es lo que me pasa a mí-.

Fue cuando llegué a la inminente conclusión de que las mejores cosas de la vida son las que a pesar de su ejecución, una y otra vez, no vemos la hora de que inmediato vuelvan a suceder: Comer, ver buen cine no comercial; escribir en el momento que fluye, que te adulen; escuchar música muy duro, enamorarse; jugar con un animal bebé, reír; encontrarse plata en los bolsillos, bañarse en determinados momentos; ganarse cualquier cosa y hacer el amor, o en su defecto, “follar” duro.

Todas las anteriores creo que son casi todas las cosas que más me gustan. Yo sé, soy un egoísta digno, pero el asunto importante es que yo asimilo que algo me gusta demasiado cuando no me canso de hacerlo. Uno sabe que está enamorado cuando después de haber pasado todo el día con una persona, uno llega a la casa y de inmediato le vuelven a dar ganas de seguir estando con esa persona. Pasa lo mismo con una canción, con un beso, con un una película, o incluso hasta con la religión. La tesis es entonces que cuando la rutina no afecta una acción, estamos ante algo que puede ser lo que nos salve un día que ya fue una mierda. Así que luchen por esa monotonía sublime que los impulsa siempre a querer más, y no importa que ya lo hayan hecho, pues tienen derecho a ser felices… una vez más.

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El amor en estado de coma

Por: Juan Pablo López

El amor es también un estado vegetal. Nos toma por sorpresa y nos embiste tan duro que nos deja sumidos en penumbras detestables. Es inadmisible sentirse afligido por culpa de una persona, pero es 2.350’785.901 veces peor condicionar nuestra felicidad a la proximidad de otro ser. Y digo que es peor porque somos, o quizá soy, tan cobarde que no puedo explayarme con gozo en los momentos de felicidad individual. A veces nos acostumbramos a compartir nuestras alegrías con los demás y en realidad, no debería ser así. Sean egoístas, compartan momentos con ustedes mismos; la gente en general es muy envidiosa y hasta los seres queridos son los que tienden a ser más condescendientes e hipócritas.

Quizá esté siendo sustancialmente drástico, pero no se mientan a ustedes mismos ocultando una obvia realidad. Es como voltear la mirada ante un culo hermoso: no se puede, tan sólo debemos aceptar nuestra condición de primates y encarar la vida como venga. De otras personas no esperen nada, y de seguro triunfaran en su diario vivir, más solos pero más felices. Hago retrospectivas y concluyo que los mejores momentos de mi vida los he pasado al lado de las personas que quiero. Vomito. Lo considero una gran tragedia y me hace considerar que ya se me olvidó ser feliz por mi cuenta.

Soy amargado y fastidioso por naturaleza, no es que lo esté en este momento; estos párrafos son solo dualidades severas. De hecho estoy pasando momentos bien pseudo-agradables en mi vida. Digo “pseudo” porque la plenitud es una simple utopía. Siempre hay un puto “pero” que destruye hasta el sueño de un somnoliento. Yo por ejemplo tengo un solo “pero” que de hecho es una sola estupidez, pero esa sola maricada me basta para incapacitarme en temas de dicha y de paso no me faculta para proporcionarle regocijo a los seres que se supone quiero. Quizá eso sea lo peor de todo.

No me mal interpreten, no estoy sugiriendo que se encierren en sus cuartos a oscuras para escuchar piezas magistrales como esta, solo recomiendo que no traten de cambiar tajantemente la forma de ser de un individuo, y más bien les digo que encuentren un equilibrio entre el amor y el amor verdadero, que viene a ser el amor por ustedes mismos, el propio. De todas formas sería de pusilánimes no enamórense duro hasta el punto de no retorno, pero tampoco piensen en el mañana con otra persona a no ser que sea para darle rienda suelta a los menesteres del deseo. No condicionen ni fuercen lo que quieren con la persona que estiman, quieren o aman; porque los sentimientos como las tetas: naturales.

Todo lo que he escrito es lo que odio de una persona, pero ese odio me ha servido para ser racional y así otorgarme a mi mismo la resignación al darme cuenta que tiene toda la hijueputa razón. Es lo más cercano a un ser de luz -oscura- que he conocido, pero con bastantes adjetivos ya he malherido este texto, por consiguiente no podré seguir dilatando párrafos de admiración y desprecio. Tan solo espero que la vida me deje más carnal que vegetal demostrándome lo equivocado que estoy, siendo feliz plenamente… a tu lado.

Les juro que en Twitter no soy tan romántico: @iHedonismo

Y háganle caso a mis dualidades y van a terminar como el man de “Into the wild” , muertos.

 

 

La felicidad era mucho más simple

Hedonismo en párrafos también abre sus puertas a otros escritores no tan mediocres como su autor. En esta ocasión, tenemos una invitada amante de los samurais, experta en ocio y contra de la tecnología. Mejor dicho, es una vieja guardia social. Por eso es algo utópico que logren entablar una conversación con ella por más de dos minutos (lo he logrado y creo que ya podré morir tranquilo), o que puedan tener el privilegio de leer sus siguientes líneas. Pero sin más preámbulos, déjenme redundar una vez más (como siempre) para agradecerle a ella, a la hija de Darth Vader, y a la ex-manager de quién sabe cuántos artistas frustrados, por la publicación de esta crónica y por aceptar una módica suma de… más un par de Bon Bon Bums rojos para enseñarnos que la felicidad podía ser mucho más simple.

Por: Daniela Rojas T

Era un viernes 13 de abril, lo recuerdo claramente porque era el día en que Santiago, mi amigo, estaba cumpliendo años y yo me había pasado la semana pensando qué regalarle. En realidad la situación era un poco más compleja de lo que parece. Si bien es cierto que somos amigos, también es cierto que no sólo somos amigos. Llevábamos “saliendo” un par de meses y estábamos (aún lo estamos) en ese punto indefinible de una relación (no es que haya que definirlo tampoco). El caso es que decidí invitarlo a almorzar de cumpleaños. Al salir, se me ocurrió sugerir que fuéramos a jugar a las maquinitas y él, como todo hombre normal lo haría, se entusiasmó con la idea de jugar en los simuladores de carreras y durante todo el trayecto hizo alarde de su extraordinaria destreza como piloto tanto en la vida real, como en simuladores y consolas de videojuegos. No sé qué tienen los hombres que todos se creen pilotos de Nascar o de Fórmula 1 y sueñan con vivir experiencias tipo Rápido y Furioso, con carros arreglados, carreras clandestinas y todo el cuento. Yo por mi parte sueño con tener una experiencia tipo Rápido y Furioso pero con Vin Diesel y Paul Walker, pero esa es otra historia.

Decía que Santiago alardeaba y yo, en pos de la dinámica competitiva que nos caracteriza, y confiada en mis habilidades con los videojuegos de carreras, lo reté a una competencia, el ganador se quedaba con la satisfacción de ver al otro completamente humillado y además podía ponerle un reto al perdedor, así que la ganadora, a pesar de no tener ni la más mínima idea, de a qué me iba a enfrentar, debía ser yo. Llegamos al lugar, un espacio gigante lleno de videojuegos de todo tipo, de dulces y de juguetes, el paraíso de cualquier niño, aunque debido a la hora todavía no se veía ninguno. Fuimos a la taquilla y mientras Santi compraba la tarjeta (oiga, lo que son esas invitaciones modernas) yo me quedé viendo los peluches, muñecos, cuadernos, maquillajes y demás cositas que uno podía reclamar con las boletas que se ganaba jugando en las maquinitas. Busqué el más caro que era una espada que alumbraba, sonaba y valía como 200 boletas y decidí que cuando ganara iba a poner a Santiago a conseguirla.

Tarjeta en mano y nos fuimos a buscar el simulador de carreras, cuando lo encontramos me preguntó “¿Sí sabes cómo se maneja?” A mi me pareció tan similar a un carro de verdad que le contesté que obviamente con cara de Michael Schumacher y me senté en mi respectivo volante, él hizo lo y pasó la tarjeta, escogimos los carros y ¡3, 2, 1 arrancamos!, o mejor dicho, arrancó él porque mi carro no se movió, yo hundía el acelerador pero el infeliz no arrancaba, lo presioné con todas mis fuerzas pero el desgraciado ni se inmutó, desesperada empecé a presionar todos los pedales, botones y palancas que veía y logré hacer que el carro se moviera unos cuantos metros pero ya la derrota era inminente, yo en un intento desesperado grité “¡es que esto está malo!” Santi se rió, terminó su carrera victorioso, me miró y me dijo “Dani, estabas hundiendo el freno en vez del acelerador” ¡a qué imbécil se le ocurre poner el freno en la derecha y el acelerador en la izquierda! Aunque es cierto, es un juego para niños, los niños no manejan carro y bueno… Sigue leyendo