Hagan el amor en el Centro de Medellín

Artículo publicado en la primera edición de la revista Cromanópolis.

Por: Juan Pablo López

 Yo la verdad quería ir un poco más allá de las banalidades corpóreas y sus bondades al practicarlas en el “Down Town” de Medellín, pero qué esperanza puede tener uno cuando se googlea “amor en el centro de Medellín” y de los primeros resultados que arroja la herramienta preferida por los periodistas mediocres -y si no pregúntense por qué estaba googliando esto- fue “La Ruta del Amor”, una sección del portal antioquiaturistica.com, -sitio apoyado por la Alcaldía de Medellín- en donde recomiendan la guía hacia los moteles más estrambóticos de la ciudad. Bien Medellín, vamos bien.

 Y lo digo enserio, lástima que en dicha ruta no mencionan ninguna de las grandes residencias, avenidas y parques que engalanan el Centro de la Ciudad y que son parte vital, tanto de la experiencia “roja” como del sentimiento pasional, porque el romance es más que un par de encontrones genitales, el romance es todo un juego incesante de pérdidas y victorias que sólo conducen a un final épico y errante: el amor, como centro de la vida.

Descender por la Avenida La Playa, sujetando la mano de ese ser que deambula maratónicamente por nuestros pensamientos, puede llegar a ser algo sublime. Ir divisando la arquitectura, llenándose de esa combinación intencional de la modernidad con las imponentes estructuras “vieja guardia”, le da un toque distinto y especial al momento de la pareja que debe variar sus dinámicas o rutinas, que tarde que temprano, llevarán al colapso a cualquier relación; por eso ahí les queda la idea de variar.

Aparte de los alicientes filantrópicos de la mezcla del tráfico con las caminatas por las grandes avenidas del Centro, hay un paso de reposo obligatorio, y  son los afables parques que hacen del “Down Town” réplicas y sensaciones de pueblos antioqueños en esta “metrópolis” convulcionada. El Parque Bolívar, el del Periodista, La Plaza Botero y El Parque de las Luces, son algunos de los mágicos espacios que deben cumplir una función determinada, y es la del pre-calentamiento. El amor y la ternura, inspirado en los rectángulos arquitectónicos tienen que rendirse ante las caricias y distensiones mentales que produce una relación, como de hecho lo hacen Gustavo Alberto Rodríguez y Rocío Quintero, novios de una edad considerable -53 y 47 respectivamente- que no viven en el Centro de la Ciudad y viajan exclusivamente al Parque del Libertador porque se sienten, según ellos, “como unos pimpollos”. Sentados en una banca de madera, cerca a la fuente de bronce traída desde Nueva York en el año de 1900 -que incluso le dio un toque de romanticismo al Parque- se contemplan sutilmente y entrelazan sus manos como símbolo de su amor. Miradas reveladores y coquetas que ahorran una buena cantidad de palabras innecesarias, porque ellos sin tener que decirlo ya saben para donde van y lo que quieren sus cuerpos; un par de tragos en el bar de la esquina del Parque y los puntos suspensivos se sobre entienden…  Sigue leyendo