El escritor en pausa

Foto por: Mauricio Atencia

Entrevista publicada en la edición #42 del Periódico Contexto

Entrevista a Héctor Abad Faciolince realizada en marzo de 2014. Por: Juan Pablo López / @_Hedonista_

 Entro a la oficina de Héctor Abad que es más bien un cubículo de cinco metros de ancho por tres de largo. Me recibe Luz Dary Galeano, su secretaria, y me dice que el señor Héctor está como “atrasadito”, que lo espere un momento. 15 minutos después de silencios, entra con paso apresurado el escritor que detesta hablar de su propia obra. Saluda con mayor ligereza e ingresa a la parte de su despacho en donde ya lo esperaba otra persona. Hablan aproximadamente 10 minutos. Intento con ahínco escuchar de qué departen a través de las paredes, pero solo concluyo que aquel hombre le estaba haciendo algún tipo de propuesta. Sale con un semblante indescifrable y de inmediato la señora Galeano me hace pasar. Apenas atravieso la puerta, su mirada, que entre afable pero exigente se camufla, me embiste haciendo tambalear mi pose de seguridad.

¿Usted siente que le falta mucho por leer?

Afortunadamente sí. No solamente de libros que ya se escribieron, sino de libros que se van a escribir… Yo sé que se van a producir muchísimas maravillas, en literatura, en ciencias…

¿Qué es lo esperanzador? ¿No coincide con ese imaginario colectivo que hay en el arte, en donde se piensa que ya todo está hecho?

No, para nada, no tenemos ni idea. No sabemos qué nos depara el futuro. Van a haber cosas nuevas y absolutamente extraordinarias que a nosotros no se nos habían ocurrido y nos van a llevar a pensar “cómo es que no habíamos pensado esto”. Lo esperanzador es que nunca en la historia del mundo había tanta gente produciendo libros, produciendo conocimiento.

¿Un libro puede influir terriblemente en la vida de alguien?

Sí. Un libro es una conversación con otra persona. Es una plática muy detallada y precisa sobre otros temas con otro ser que sabe sobre esos temas. Así como hay personas que influyen sobre nuestras vidas y decisiones más íntimas e importantes, un libro también puede llegar a ser un accidente tan importante como el de perder una pierna. Definitivamente un libro lo puede llevar a uno a tomar decisiones drásticas en la vida, tanto que la pueden cambiar por completo.

¿Qué textos le sugeriría como imperativos a estudiantes de periodismo antes de graduarse?

[Silencio prolongado] A mí no me gustan los imperativos, pero sí me parece imperativo que los estudiantes de periodismo aprendan inglés y lean los grandes reportajes del latín de nuestros días. Los textos del New Yorker, del Washington Post, del New York Times, del The Guardian… Y no para escribir en inglés, sino para saber qué se hace en el latín de ahora.

¿En el 2013, narró una novela a través de trinos, ¿ha soñado con una forma multimedial distinta, innovadora e interactiva para presentar literatura?

Yo creo que allí hay unas posibilidades nuevas que yo no fui capaz de explorar hasta el fondo. No me gusta quedarme atrás, ni envejecerme con las herramientas tradicionales que aprendí. Mi mamá ha sido siempre un ejemplo para mantener la mente activa, esa mente que se maravilla con las invenciones de cada década. Hay que conservar una mente juvenil para estudiar las nuevas herramientas y así adaptar su arte a ellas. Yo intenté hacerlo en Twitter con el arte en el que me he especializado, que es la narración y la literatura y no me funcionó… Fue un fracaso, pero lo intenté y no estoy arrepentido.

¿El abrumador flujo digital, y el afán por la inmediatez de los medios está matando al periodismo duro de investigación?

Pues no, al revés. Los medios ya no pueden competir con el entorno digital, se tienen que dar por vencidos. La noticia o primicia la va dar Twitter antes que la radio, la televisión o el periódico. Es por ello que los medios tienen que tratar de fortalecerse en otras cosas, precisamente más en la investigación, en el reportaje en profundidad, en revelar lo que lo inmediato no puede revelar. Entonces los medios de comunicación sensatos que se dan cuenta cómo está funcionando el mundo, le tienen que apuntar a la investigación.

¿Cómo considera que está el periodismo en Colombia, a la luz de los avances y las tendencias tecnológicas, pero también a la luz del negocio mismo de los medios como entretenimiento y de la noticia como parte de la industria?

Colombia es un país grande. No es el país pobre que nos enseñaron de niños, así la plata esté muy mal repartida. Lo que se produce en Colombia es como Colombia, un país intermedio. Es la tercera economía de América Latina, se disputa el cuarto lugar con Argentina. Yo creo que la economía es un buen diagnóstico de lo que se produce en periodismo y cultura. Yo diría que el periodismo de Colombia es el tercero o cuarto de América Latina. Usted es columnista dominical, ¿ejercer la opinión lo hace a uno inmediatamente periodista?

Es el tipo de periodismo que yo más he venido ejerciendo, que tiene periodicidad. Para mí la columna es un género especial que se podría llamar un “ensayo breve” que se publica en la prensa. Es un género literario con antecedentes importantes en Colombia. García Márquez se formó escribiendo “La Jirafa” en Barranquilla. Así se llamaba su columna que salía dos o tres veces por semana y que a él le dio algo que también hay que tener, y es una mano entrenada para escribir rápidamente lo que a uno se le ocurra.

Sigue leyendo

Anuncios

Tenemos que hablar

Por:  Juan Pablo López

Tú no sabes nada de nada, Annie. Me encomiendas a la desdicha, no sabes cuánto. Recuerda aquella vez en que, como cualquier par de adolescentes estúpidos cegados por la melosería y el descubrimiento del primer cuerpo ajeno, pactamos casarnos algún día. Pues te digo que desde hace un buen tiempo, me he desencantado de esos idealismos, pero debo admitir que, siendo yo un enamorado fundamentalista de la república, te has convertido para mí en un estado fallido.

Aunque no lo parezca, soy un hombre muy sensato. Solo quería equilibrio, que entregáramos lo mismo, pero ahí estás tú, ¡cobarde! Resguardada siempre, sin dar un paso en falso, ennegreciendo esa roca que tienes de corazón. Siento que he estado haciendo un esfuerzo, y en mi concepción romántica del amor, los ahíncos en materias amatorias no tienen que suceder. El deseo y la pasión deben ser de los sentimientos más naturales e inocentes; para nada forzados.

De hecho, te culpo a ti, Annie, por hacer que mis ojos y extremidades se estén inclinando a palpar otros cuerpos diferentes al tuyo, y todo porque eres un témpano. Bueno, la verdad es que siempre fuiste muy fría, incluso más de lo que estás ahora. Reconozco que no tengo la certeza de saber si fuiste una puta o no. No sé si tu posición favorita era a mis espaldas, o si andabas conmigo solo porque gozaba de una solvencia económica considerable. Aún así, sin haberme hecho un daño directo, fui acumulando un rencor y odio por ti; similar, creo yo, a lo que sentía cualquier miembro del Tercer Reich por Roosvelt, Churchill o Stalin.

Reitero que eres la responsable de mis amarguras, Annie. Eres la causante de mis tristezas, de mis nostalgias, de mis añoranzas, de mis agresividades mentales, de mis existencialismos… Incluso de mis utópicas felicidades que ahora veo efímeras en un pasado nublado, gracias a este presente frígido que me das, y ahora me obligas a hacerlo recíproco.

Decía que teníamos que hablar, Annie. Convengo que me he quitado unos barrotes enormes que tu silueta menuda y maleable puso en mis hombros. Bien podría realizar una adaptación de Milán Kundera diciendo que la levedad de tu cuerpo no tardó mucho en revelar su insoportable peso, pero me equivoqué hace unos momentos, ya ni la dignidad de un símil mereces.

Dispénsame Annie, y te ruego me eximas de cualquier culpa porque bien sabemos quién la tiene aquí, pero debo seguir con mi vida. Por ahora tú, sigue ahí tendida, parca. Es que de verdad tan gélida eres Annie, que has logrado extrapolar tu conducta rígida y glaciar, hasta el más ínfimo centímetro de tu cuerpo.

 

Adios, Annie…

Me enamoré

Por: Juan Pablo López

Ya he criticado mucho al periodismo, estoy mordiendo la mano de lo que supuestamente me dará de comer. En las ediciones pasadas del Periódico Contexto, desenfundé una insolencia camuflada por inconformidades y quizá hasta odios sobre cómo se está ejerciendo la labor periodística en Colombia, pero ya no más. Es hora de darle paso al amor, a la seducción, al deseo afrodisiaco que produce éste, el cuarto poder.

Decía que me había enamorado. Sucedió hace poco, la había conocido hace unos cuatro  años atrás. Me habían hablado muy bien de ella, pero al conocerla más a fondo fui conociendo verdades que me llenaban la boca de sinsabores, de desencantos; tal y como pasa con el amor por una mujer hermosa pero que tiene un coeficiente intelectual inferior a 80.

Y es lo normal, nada en la vida es perfecto. Esa sensación de plenitud siempre es pasajera, la felicidad completa no existe. Le di otra oportunidad, pero creo que esta vez ella fue la que hizo las labores de cortejo y lo logró, me conquistó y ahora… heme aquí tenido en la cama, entregado a ella, redactándole mis más profundos odios y amores.

Quizá estoy un poco jodido. Eso dicen de las personas cuando están enamoradas y llegan a un punto de no retorno. Creo que yo ya pasé por ese punto, mierda. El asunto es que tampoco me importa qué tan mal hablen de él, o bueno, mejor cámbienle el género para no generar suspicacias por mi inclinación sexual. Explicaba que no me importa que lancen calumnias e injurias contra esta deliciosa profesión. De hecho es en parte deuda nuestra cambiarle la percepción a esa gente que no es capaz de ver el mundo más allá de sus narices (que es como casi todo el mundo lastimosamente). Tampoco me importa que no sea ostentosa, ella me brinda mucha variedad y hedonismo. Un día puedo estar con una haciendo reportería de inmersión, mañana puedo estar escribiendo una columna como esta, pasado mañana… quién sabe con qué ‘ricura’ estaré. El periodismo definitivamente es la poligamia de las letras.

 Espero me entiendan y justifiquen así sea un poco, es que, ¿cómo no enamorarse de una profesión que te regala una visión completa y objetiva del mundo? ¿cómo no sucumbir ante las curvas de la investigación, análisis y la opinión? ¿cómo negarle un beso o caricia a la oportunidad de decir la verdad? ¿cómo no querer ser el contrapeso del poder en esta sociedad injusta y oligarca? Lo siento, pero creo que a esta tentación, solo se le puede huir cayendo en ella.

¿La verdad o se atreve?

Artículo publicado en la revista El Grifo.

Por: Juan Pablo López

Sí. A mí también se me iluminaban los ojitos cuando de chico me decían que íbamos a jugar “La verdad o se atreve”.  Esa idea utópica de besar unos labios se hacía un poco más factible al saber que se iba a jugar el juego mítico de infancia, y más aún cuando en los integrantes del juego estaba esa niña que le encantaba a uno, pero ese deseo era directamente proporcional al desprecio que ese ángel tenía por la mayoría de los hombres, y en especial conmigo.

Un salón social, un parqueadero escondido, el pasillo del ascensor, las escaleras… esos eran los lugares propicios para llevar a cabo el juego en un conjunto residencial o unidad. El grupo social de amigos (hombres) que recién hacía contacto con el grupo social femenino, aguardaba expectante la noche del viernes para poder aprovechar esos instantes sublimes que no se repetirían en un tiempo prolongado.

La botella 350 ml de Coca-Cola no podía faltar. Era la mágica herramienta que decidía al azar quién con quién debía atreverse o decir la verdad. Una vez elegido el sitio, se sentaban en un círculo, hombres y mujeres intercalados para ayudarle a la suerte a elegir siempre sexos diferentes, pero también recuerdo que era genial cuando alguna niña invitaba primas o amiguitas del colegio. Lo ideal era sentarse en frente de la más linda o de la que a uno le gustaba para ampliar las probabilidades de que se diera un evento, pero claro, no faltaba el que siempre se sentaba al lado de la fea para que nunca le tocara con ella.

Tensión en el ambiente se sentía, pero una vez empezaba a girar la botella esa tensión se transformaba en emoción al saber las primeras verdades (nadie al principio se atrevía) que eran la antesala a las respuestas que uno necesitaba oír para poder atreverse. Y era así como llegaba el gran momento. Se trataba de no hacer contacto visual con ella, hasta que después de decir las palabras más extraordinarias que se pueden contemplar: “Me atrevo”, uno se paraba con ese bello espécimen femenino a otro sitio para que nadie viera ese insuperable momento, que duraba poco, pero era suficiente para divagar los días posteriores.

Y así era como se vivía el juego de “La verdad o se atreve” hace unos diez años. Niñas de 12 ó 14 años que en una noche perfectamente se podían besar a 4 ó 5 jóvenes y no la apedreaban verbalmente con chismes grotescos, porque quizá todo se hacía dentro de los parámetros de la inocencia. Me pregunto qué dirían de una mujer que hiciera semejante proeza en estas épocas… (?)

En estos tiempos las cosas han cambiado un poco. El juego ya debería llamarse algo así como: “¿La verdad de que eres una perra, o te atreves a comprobarlo?”

Pero como la academia y la ciencia van primero, me aventuré a confrontar por mí mismo, cómo sería jugar esta graciecita en tiempos contemporáneos y libertinos cercanos al día del juicio final, que como acotó Martín De Francisco hace algunos días, es más bien “el final del poco juicio que nos queda”.

                                                                                                                                                                                                   ***

¿Y quién lo iba a pensar? Conseguir el material humano para que se prestaran a jugar “La verdad o se atreve” fue lo más fácil de todo, algo impensado para mí realizando una retrospectiva de mi vida; pero es que seamos sinceros, esa es una de las bondades de estudiar Comunicación Social – Periodismo: El material humano femenino, insisto: te amo UPB. Sigue leyendo

20 años de bipolaridad

Los siguientes párrafos son una simplemente retrospectiva de sucesos colegiales, de momentos banales pero a la misma vez tan sublimes que hacen de esta amistad, un periodo hedonista que espero se prolongue hasta los atardeceres de nuestras vidas. Gracias, Maldito “De Jong”.

Por: Pablo Rios González

El Lolo:

No he estado yo con vos a lo largo de los 20 pero sí te conozco desde que teníamos más o menos 15. Este último cuarto de vida de los dos me ha hecho descubrir un parcero que a pesar de cualquier cosa (literalmente, cualquier cosa: creo que la distancia es un factor grande) sigue estando ahí presente ante cualquier eventualidad. Han pasado innumerable montón de momentos: el paso tuyo definitivo del reggaeton a la electrónica, tu efímero rastro en la historia del basket cumbresiano (el “ochito” a la viejas no se me olvida nunca), la patada que te di por la cual seguramente no habrán más López, los “partys”, los conciertos de reggaeton, las ganas tuyas de que yo me comiera a Juliana (esa novia que tuve), el hablado boricua que nunca pudiste dominar (jodio satélite) y la lista que sigue porque es más larga que cualquiera de esas fiestas de electrónica de mierda.

Todos esos momentos a mí no se me olvidan y menos cuando estoy casi que todo el año lejos de esa gente de la cual estuve rodeado mientras sucedía todo eso. Vos me vendiste la idea de irme del país a estudiar Periodismo DEPORTIVO (“qué forro que sos, Román”). Te cagaste cuando te dije que de una. Y por ahí derecho me cagaste a mí también. Garca.

A pesar de esto, tengo que reconocer que sos el único que no me dejaste solo NUNCA desde que me fui. La gente con la que parchaba y hablaba allá -en Medellín- desapareció casi que por completo pero Klöden nunca dejó de estar ahí. Pasaron viejas (perras, si querés), semestres en la U, momentos buenos -otros no tanto- y Lolito nunca abandonó. Es muy chimba, por lo menos para mí, que a pesar de estar lejos podamos seguir compartiendo muchas cosas y hablar de cualquier estupidez.

Así como vos me jodés con Nacional, yo no voy a dejar de repudiar nunca ese “Juan Mary Kundera” que te inventaste. En este momento, te aseguro que no me perdería un solo toque del papá de David Guetta. En el fulbo, a pesar de que yo nunca fui ni siquiera Rambal o Brayan López, vos siempre trataste de resaltarme las cosas buenas cuando los dos sabíamos que no era así. Y mientras yo más te criticaba, vos más me halagabas. Y bueh… sabés cómo soy.

“Yo estaba perfecto y este man me hizo cagar de la risa y juas, me vomité”. Frase típica tuya de tus vomitadas. Sisas, bobo. Aunque lo que sea por verte putear en arameo cuando estabas ebrio. Eso es lo mismo que decir Lolo trasbocando.

“¿Vos me creés un maldito, estúpido ignorante o qué?”. Esa era la respuesta ante cualquier pregunta de si conocías tal jugador de la NBA. El único que no supiste nunca quién era fue “Gámbili”. Bueh, sólo el que se lo inventó sabía quién era.

“Ronaldinho, solo, le gana al Bucaramanga”. Me parece que lo seguís sosteniendo.

“Por favor no me dejes. Yo no te puse cachos. Estoy arrodillado, te lo juro”. Plegaria épica de los recreos en Cumbres. Es un hito en los almuerzos cumbresianos. Bibliografía obligatoria para todo el que quiera estudiar la historia de los descansos en el colegio. Tantas guevonadas de las que me acuerdo por estos días y que me obligan a escribir estas líneas.

No sabés lo mucho que me jode no estar hoy con vos -a pesar de que le cagaste la cabeza al Rimbo con esa música de mierda- dándote trago pa que vomités una vez más en tus 20 años de bipolaridad. Me gustaría ver a “El DJ de República” mezclando una pistica más pero por ahora es imposible. Aunque algo más imposible todavía es que, después de leer este texto, vos me volvás a hablar. Pensalo bien. Te mando un abrazo grande y te deseo un feliz cumpleaños con mucho guaro y putas. Ojalá no sean muchos más los que tengamos que estar alejados.

Atentamente, tu prototipo de crack: Lionel Messi.

De la necesidad al sueño americano (Testimonio)

Por: Juan Pablo López

“En los años 90 la situación en Colombia estaba muy difícil por lo que ya todos saben: el narcotráfico, paramilitares, guerrillas y demás problemas de violencia. Yo me vi envuelto en todas estas situaciones porque yo era el administrador de la división agropecuaria de cementos El Cairo. Tenía que estar viajando a fincas en zonas “calientes” de todo el territorio nacional y desafortunadamente me tocó vivir una experiencia muy difícil que me obligó a despedir a un empleado del sindicato que incluso tenía lazos con paramilitares. A raíz de este problema lo hicieron encadenarse a las puertas de la fábrica por donde salía todo el cemento, que en ese entonces era para la construcción del metro en Medellín. Me vi obligado a renunciar porque recibí varias amenazas de muerte, de las cuales ejecutaron dos, pero pude salir con vida afortunadamente.

Después me fui a trabajar para el Gobierno en el frigorífico de Urabá, a reemplazar al saliente administrador que había sido secuestrado por la guerrilla y tenía como jefe inmediato al gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez. A pesar de que tenía muy claro que el trabajo era peligroso, los primeros seis meses fueron tranquilos y conseguí cosas importantes para la compañía.

Una noche de diciembre del año 96, el quinto frente de las FARC hizo una incursión en el frigorífico y detonó 70 kilos de dinamita, destruyendo gran parte de las estructuras e instalaciones. A los ocho días regresaron y decapitaron al celador. En ese mismo momento hubo un enfrentamiento con los paramilitares y el Ejército, había 100 soldados que rodeaban el frigorífico… no quedó nada. Murieron 20 guerrilleros y 12 de nuestros empleados. en esa ocasión me salvé. Días después me hicieron otro atentado. Entregué lo que quedó de la empresa y me fui a vivir a Cartago (Valle).

Allá llegue con una muy mala situación económica, comencé de cero y desafortunadamente la violencia no esperó, pues al año y medio de estar viviendo en la casa que estaba arrendando, mataron a mi vecino en la puerta de mi casa. Lo llevé a la clínica, pero el tipo murió y eso quedó así. Hubo otra ocasión en la que en medio de la huida de un robo, la moto en la que iban los ladrones chocó conmigo. Los delincuentes murieron tras recibir disparos de la Policía y yo sobreviví al atropello y los balazos nuevamente.

No aguanté más. todos esos hechos marcaron mi vida negativamente y sentí que era hora de un cambio, todo había pasado por algo. Dejé a mis hijos y esposa en Cartago, compré un tiquete para Chicago porque allá vivía una tía, aprovechando la visa que tenía de trabajo por mis empleos anteriores. Le dije que necesitaba quedarme unos días, pero me dijo que no. Entonces me le aparecí por sorpresa y me dio 15 días para resolver mi situación. De inmediato empecé a trabajar en la cadena de pizzerías que ellos tenían. Fue en un invierno tenaz, hacían casi -22°C, los cuales tuve que padecer repartiendo volantes de la pizzería.

Yo creía que lo que me habían señalado para repartir era mi trabajo para el día, pero no, era lo de una semana. Ese día repartí tantos volantes que por la noche en la pizzería las llamadas no paraban.

Pasados los días mi prima me dijo que ya no podían tenerme en el negocio porque no tenía papeles y sin importar que mi desempeño fuera excelente, mi tía me dijo: “Te tenés que ir Dieguito”.

Ese momento coincidió con el traslado del novio de una prima a Cleveland (Ohio), en donde consiguió un trabajo como administrador de un bar y restaurante. Entonces me fui con él y allí empecé a trabajar en el aseo del lugar: lavaba 16 baños, trapeaba y limpiaba todo el día. Trabajé ahí durante un año y medio, en donde me destaqué como un empleado capaz, eficiente y que sabía muchas cosas, o como decimos en Colombia, un “todero”, gracias a mis trabajos anteriores.

En ese entonces ganaba siete dólares por hora. Reuní lo suficiente para traer a mi esposa y mis dos hijos con pasaportes y todo. Gracias a Dios fue algo muy breve porque se las dieron fácil al igual que las visas. Así que a los tres meses de trabajo pude estar con mi familia de nuevo.

Pasaron los meses y logré entrar a otro restaurante llamado Mayorca. Allí comencé recogiendo mesas y lavando platos hasta que el dueño del restaurante se dio cuenta de que podía hacer mucho más, confió en mí y me dio la oportunidad de ascenderme a ayudante del camarero, me dieron traje de esmoquin y todo.

Por esas épocas ya empezaba a entender un poco más el idioma y a balbucearlo, así que con dificultad me aprendí los nombres de todos los platos a manera de versos. Iba a las mesas y tomaba las órdenes escribiendo lo que oía. Tenía bastante contacto con los clientes porque en medio de mi desconocimiento del inglés, hacía la estadía de ellos agradable y me hacía valer por mis recursos histriónicos.

El dueño del bar, viendo mi desempeño y dedicación, decidió ascenderme a camarero. Ahí ya me estaba ganando entre 700 y 800 dólares a la semana, eso era mucho en comparación con lo que se ganaban los otros empleados que llevaban trabajando ahí mucho más tiempo.

Para el año 2002 se me presentó una nueva oportunidad: a mí siempre me han gustado las artes, yo hacía dibujitos en hojitas y cosas así, pero nunca para comercializar ni nada, solo me gustaba por distracción. Así fue como el dueño del bar me vio dibujando y me propuso que le hiciera unos cuadritos para decorar el restaurante. Me acuerdo que le hice una escena de San Fermín y el tipo quedó enamorado y me dio 750 dólares más, la sorpresa fue que necesitaba otros diez más y me abonó en ese mismo instante dos mil dólares para los materiales.  Sigue leyendo

Los Contrastes de Bolívar

 
Por: Juan Pablo López
 

La estatua ecuestre del Libertador está ubicada en el centro del parque del barrio Villanueva. Tallada por el italiano Giovanni Anderlini y fundida por Eugenio Macaggnani, la escultura de Bolívar le da nombre e historia a este parque gris y sumiso. Sus calles aledañas también fueron bautizadas en honor a los triunfos y naciones liberadas por el Prócer. Venezuela, Perú, Ecuador, Bolivia, La Paz y Caracas o la carrera Junín -nombre de una batalla luchada por Simón Bolívar- que desemboca en el sur del Parque y que se convierten en el anticipo del tipo de comercio que se va a presentar en el rectángulo del contraste.

Floristerías enteras en toldos diminutos, almacenes de hierbas ancestrales, los desayunaderos y restaurantes típicos de la zona céntrica de Medellín, la discoteca en la esquina nororiente del Parque y tiendas inmensas en donde se distribuyen licores casi que inexistentes para cualquier lúcido; pero lo más relevante del comercio son aquellos sujetos que no necesitan de un establecimiento para distribuir, vender u ofrecer lo suyo, como el artista que realiza figuras inimaginables con simples y fríos alambres de cobre, los emboladores que tienen sus propios puestos en la cabeza de Junín, cuenteros, teatreros o el músico que se parquea en el sector centro oriente desde tempranas horas de la mañana. Víctor, el músico, es codiciado por otros viejos jóvenes que le piden que toque su guitarra violada -una cantidad inimaginable de veces- y les cante boleros ya empolvados. Los vendedores de tinto se distribuyen el espacio por esquinas, a diferencia de los toldos con puro fin publicitario donados por la Alcaldía de Medellín, repartidos a lo largo y ancho del Parque, para hacer notar que la Alcaldía “obra con amor”.

 Los españoles cuando arribaron al continente americano, calificaron fuertemente a los nativos como indígenas: animales sin alma. No me explico cómo esta etimología pudo tener tanta rimbombancia, ya que afectó al habitante de la calle contemporáneo, ganándose su título de indigente.

El “Flaco”, que por cierto no tiene nada de animal, es uno de ellos; acusado por doble homicidio culposo, aceptó cargos y pagó 8 de los 16 años que le habían impuesto originalmente en “Bellavista social club” afirmó el “Flaco” con ironía. Él, cansado de tanto hospital y cárcel, decidió dedicarse a lo que denomina como “humillarse”, pidiendo plata para poder saciar las puñaladas en su estómago. El “Flaco” era el que manejaba la distribución de drogas en el Parque del Libertador. “Lo tenía todo” según él, hasta que por envidias y tanto “éxito” tuvo que esquivar varias balas en el sector sur occidente del rectángulo, pero en un ocaso lo apuñalaron 18 veces en su espalda. Por simple ley natural él cobró venganza por su cuenta y cometió el pecado no confesado en la catedral. Su trabajo era relativamente sencillo, tenía varias pintas o gregarios a su disposición. Cuando pusieron el CAI ubicado en el sur oriente del Parque en 1990 no fue un impedimento para que el “Flaco” ejerciera su labor. Con aproximadamente 30.000 pesos compraba a los policías, para poder trabajar tranquilamente, y hasta le brindaban un poco de protección y camaradería. Después de sus 8 años de condena, el “Flaco” retomó su libertad con un miedo interno absoluto, sentimiento irónico e inexplicable por lo que significa volver a la libertad, pero para él era volver a estar en la mira de ciertos personajes que no lo llevaban “en la buena”.

El trabajo del habitante de calle consiste en un discurso que varía dependiendo del horario de comida que se aproxime. Hay unos que están resignados y parecen estar conformes con lo que atribuyen a la sociedad, otros que pareciera respiraran por inercia y otros, creyentes en su dios interno como el “Flaco”, que espera paciente y educadamente, que el Señor les brinde una oportunidad de empleo digna para salir de la calle.

 En 1888 se empezó a construir la imponente Catedral Metropolitana que se ubica en la parte norte. Alta y amplia, la construcción de ladrillos es un claro ejemplo del templo católico cristiano por excelencia que aún conserva su estado original. Adornado por varias estatuas y esculturas de santos, de la Virgen María y, obviamente, de Jesucristo representando el pecado original de la humanidad pagado en la cruz. La iglesia posee una reliquia histórica para los amantes de las antigüedades y es el órgano que está ubicado a lo alto de los campanares de la Catedral. Más o menos a unos seis pisos de altura, a las afueras de la iglesia, se encuentra la fuente de bronce traída desde Nueva York en el año de 1900, la cual adorna la escultura de la Garza, que le dio hace algún tiempo un ambiente familiar al lugar; contiguo también con los árboles que rodean los 165 metros de largo por 63 metros de ancho que tiene el Simón Bolívar.

Sigue leyendo