El matrimonio y otros demonios

Por: Juan Diego Loaiza

Ya estoy por mis treinta años, soy soltero, y no, no vivo con un gato. De mis compañeros de colegio quedamos pocos solteros; algunos por decisión, otros por incapacidad y otros, simplemente porque no han encontrado la persona ideal para casarse.

Lo curioso es el  grupo que están buscando frenéticamente alguien con quien compartir su vida. He visto algunos de mis amigos más cercanos salir a la calle como lobos hambrientos, los ojos desorbitados y el espíritu anhelante porque sienten en su interior que se están “volviendo viejos”,  y que las mujeres se están acabando. Algunos de ellos incluso han entrado en episodios depresivos al entrar a sus apartamentos vacíos, al observar las parejas que caminan de la mano o se besan delante de dios y la patria; se les encharcan los ojos al contemplar su propia soledad como una especie de karma y se desesperan casi hasta la locura.

Yo por mi parte tengo otra opinión. La otra cara de la moneda: los casados. Algunos de mis compañeros más queridos, los más graciosos, los más despiertos, los que siempre se llevaban las niñas bonitas en los bailes y eran encantadores y simpáticos, ahora son solo una sombra de lo que eran. Se les ve calvos y gordos, con los ojos perdidos en la distancia, quizás recordando sus mejores tiempos, quizás anhelando su terrible soledad. Estas parejas casadas se sientan uno frente al otro y creo que no reconocen a la persona que tienen al frente; creo que se dejaron absorber por la idea de una boda: un vestido blanco, un parrandón y litros y litros y litros de licor en una fiesta exuberante pero finita.

Digo esto porque me abruma la cantidad de gente que conozco insatisfecha con sus vidas. Hombres y mujeres que se dejaron llevar por el ideal platónico de un amor invencible, y se encontraron una mañana durmiendo en la misma cama con un ser anodino e insípido que se les ha ido robando el espíritu. Conozco a tantos que cambiaron su manera misma de ser, lo que los definía como individuos, y ahora ya ni siquiera soy capaz de entablar una conversación coherente con ellos. Entiéndalo bien: no estoy culpando ni a la convivencia, ni a la rutina (por el contrario, una rutina saludable es el fundamento mismo de una buena pareja), ni a las infinitas situaciones que rodean a una pareja casada. Culpo a la sociedad misma que ha llevado a las personas a pensar que el matrimonio es un fin en sí mismo, un sacramento inviolable, un ley de la naturaleza; culpo a las personas que no fueron capaces de ver más allá y entender su vida por fuera de la atadura de hierro de las convenciones sociales; culpo a los hombres que solo trabajan para conseguir plata y comprarse a la mujer de sus sueños; culpo a esas mujeres de sueños que solo trabajan su culo y sus tetas para tener quien las compre; culpo a las adolecentes que renuncian a estudiar esperando casarse jóvenes y ser “madres modernas” y a las instituciones que les inculcan esto; culpo al tonto de mi mejor amigo que llora su soledad con aguardiente y rancheras porque piensa que la felicidad está en los brazos de esa esposa que aún no conoce, y a mi prima que renunció a una beca en Oxford porque su novio de 19 años le pidió matrimonio. Le echo la culpa a todas aquellas personas que conviven en cuatro paredes con una persona que no aman, que las hace infelices, que odian incluso, y no son capaces de salirse de su círculo infernal solo porque temen al “qué dirán”, de otros que comparten su misma infelicidad.

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