Así son las mujeres

La siguiente presentación es un caso de la vida real. Le pasó al amigo de un amigo. Favor reproducirla:

Hombres, si no les ha pasado, mis respetos.

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Una mujer celosa siempre tiene la razón

Por: Juan Pablo López

Acéptenlo. Nos da pánico y terror el sólo hecho de saber que se la están oliendo. Independientemente si las sospechas que las mujeres se hacen son verdad o mentira gracias al nefasto sexto sentido femenino -que más bien debería ser un sexo sentido-, al hombre promedio lo empieza a embargar un sentimiento de culpa, posterior a un inexplicable problema repentino de dicción y modulación al tener que dar esa explicación -eufemismo de mentira- al ser que alguna vez le dijimos uno de los más grandes defectos de fábrica de la creación del Señor que derivó en la mayor inconsistencia de la humanidad, y es ese: “Te amo, bebé”.

Y eso es lo jodido de esto, por eso es razonable que las mujeres se vuelvan unas dementes cuando la desconfianza e inseguridad se convierten en el catalizador de un show de celos monumental. Sabemos que tienen derecho a quejarse y ese es el motivo por el cual justificamos semejante hecho vandálico. Comienzan con preguntas sutiles como “¿Quién es ella?” y sin darnos cuenta terminan pidiendo las claves de Facebook, erradicación de cualquier regalo dado por una ex y hasta los pasados judiciales de cualquier mujer que se atrevió -borracha- a besarnos alguna vez.

Es aquí donde la falta de confianza, la inseguridad y las cagadas que hayamos hecho en el pasado, son los auspiciadores oficiales de un principio de “stalkeo” épico. De ahí en adelante deberá ser de carácter urgente que borren todas sus conversaciones en el chat de Facebook, Messenger y hasta menciones en Twitter con cualquier prospecto que pueda llegar a poner en peligro la seguridad mental de su pareja. Tendrán que librar una batalla apoteósica con sus ojos en cualquier centro comercial ante la pasarela inminente de cualquier MILF, colegiala con gafas de hipster, o su determinado prototipo de mujer preferida; y también ni se les ocurra dejar el celular en casa de su novia, crush, encarrete, dinámica, o como carajos llamen ustedes a su “relación”. Es preferible subir al último piso del edifico Coltejer y saltar al vacío tranquilamente con la sensación del deber cumplido, es decir, de no tener que dar o inventar una explicación de ciertos mensajes o llamadas a horas impertinentes a vaginas que no les corresponden.

Ahora seamos eruditos y  aburridos por un momento. Afirma la psicología que los celos tienen origen desde las primeras civilizaciones, y aseguran que este fenómeno es uno de los grandes gestores de la monogamia y de la fidelidad en las relaciones a lo largo de la historia. Pues a mí la anterior hipótesis me parece una falacia. Nosotros llegamos a este mundo para luchar una batalla constante en contra de ese instinto humano -animal- de ser bígamos por naturaleza; o en palabras más coloquiales: querer estar metiendo el “turpial” en cuanto “chéchere” se nos pasa en frente. Sigue leyendo

Decir lo que pensamos

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Por: Juan Pablo López

Dos personas. Se gustan, lo saben pero no lo dicen porque el miedo, inicialmente, puede más que las mariposas encabronadas que reinan en el estomago, ya que las humanos en su gran mayoría son cobardes. Y no lo digo despectivamente. Yo soy cobarde y creo que es lo normal. Esos que tienen una “personalidad arrolladora”, en realidad poseen un súper poder o ya se pasan de pendejos. El caso, es que el miedo se convierte en el legislador de nuestros pensamientos que nos reprimen a decir lo que pensamos, sentimos y queremos. Este miedo se fundamenta básicamente en dos cosas: 1. Que así tengamos la certeza de que hay una reciprocidad en los sentimientos, nos da físico pánico balbucear un “Me gustas” o cualquier cursilería de esa calaña pero necesaria para la ocasión. Y 2. ¿A quién le gusta que lo rechacen? sólo a los imbéciles que actúan en pro del rechazo -sin darse cuenta-; por eso es que siempre está vigente ese miedo a que te digan algo como: “Sí, me gustas pero como amigo” o el épico K.O en el primer asalto de: “Yo te veo más como un hermanito”.

¿Qué hacer entonces?

La solución más fácil -mediocre-, eficiente y eficaz sería estar solos. No depender de nadie, no tener que llamar a nadie y no tener que sentir celos de nadie, o mejor: ser los responsables de nuestros propios orgasmos. Lo anterior sería lo ideal, pero por lo menos yo -no sé ustedes-, encuentro la máxima felicidad estando al lado de una mujer. No es porque le tema a la soledad, o bueno quizá ahora sí, pero ese no es el punto. La cuestión es que sin importar lo que depare el futuro para dos personas que se gustan, ya sea que sólo estén “saliendo” para ver que pueda pasar, o si sólo están “Pa’ vasilar na más” -como diría el filósofo Ñejo-, o si son de esas personas que les dicen “Hola” y ya están pensando en el anillo de bodas… todo es irrelevante. Lo que en realidad puede ser vital, es tener claro lo que sienten y quieren de esa persona, no importa en cual de las tres situaciones estén o sea su caso, la humanidad debería estar en la obligación moral de gritar cuando se desea algo, porque de lo contrario, se llenarán de un peso insoportable que seguramente traerá consecuencias nefastas para las dinámicas -de cualquier tipo- entre dos personas, que insisto: se gustan.

Quizá haya mujeres u hombres que lo sientan pero no creen necesario decirlo. Error… ¡díganlo! se supone que es el curso “normal” de las cosas, ayúdense con un “whiskicito” si es necesario o yo qué sé. No les estoy diciendo que etiqueten toda situación, estado, o punto indefinible de una relación, eso no es lo fundamental -dependiendo qué tan estúpido sea el ser-, lo primordial es llenarse de certezas, frases u analogías que reproduzcan toda una complejidad de hechos traducidos en cortas y sutiles frases que nos dan esa seguridad para ahí sí poder callar y dejar que el rumbo anti-natural de la vida defina qué queremos, qué quieren nuestros cuerpos y qué tan idiotas somos como para no romper ese hielo que tanto nos perturba, porque de ahí en adelante les aseguro que todo será levitación conjunta con esa persona que… simplemente: nos gusta.